Entradas del 2010

Cuentos

La hormiguita, de Fernán Caballero

Por , en 10 de enero de 2010

Había vez y vez una hormiguita tan primorosa, tan concertada, tan hacendosa, que era un encanto. Un día que estaba barriendo la puerta de su casa, se halló un ochavito. Dijo para sí: ¿Qué haré con este ochavito? ¿Compraré piñones? No, que no los puedo partir. ¿Compraré merengues? No, que es una golosina. Pensolo más, y se fue a una tienda, donde compró un poco de arrebol, se lavó, se peinó, se aderezó, se puso su colorete y se sentó a la ventana. Ya se ve; como que estaba tan acicalada y tan bonita, todo el que pasaba se enamoraba de ella. Pasó un toro, y la dijo:

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Cuentos

La receta, de Felipe Trigo

Por , en 9 de enero de 2010

Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo el doctor se ponía el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo; pero el criado entreabrió la puerta.

— ¿Más enfermos? ¡Estoy harto! Que vuelvan mañana.

— Traen esta tarjeta — contestó el criado, entregándola.

Y debía ser decisiva, porque Leandro la tiró sobre la mesa, volvió a quitarse el gabán y gritó malhumorado:

— Que pasen.

Dirigiéndose a mí, que me disponía a dejarle solo, añadió:

— No; espera ahí, tras el biombo. Concluiré a escape.

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Cuentos

Jugar con el fuego, de Felipe Trigo

Por , en 8 de enero de 2010

Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador de armas. Por mí advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos míos conocerle, y le invitamos a un almuerzo, para cuyo final teníamos preparadas las panoplias.

Servido el café en el salón, Pablo Mora, que presume de floretista, le brindó el azúcar con la mano izquierda y con la derecha un par de espadas.

— Gracias — contestó León sonriéndome con dulzura al comprender que defraudaba nuestras esperanzas —. Hace mucho que abandoné estas cosas. No sé. Completamente olvidadas.

Y luego, defendiéndose de nuestra insistencia, y para que no creyéramos falta de cortesía o fatuo desdén de maestro su negativa, añadió, mientras se sentaba y empezaba a sorbos su taza, invitándonos a lo mismo:

— Hace tres años, juré no volver a tocar la empuñadura de un arma.

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Cuentos

Luzbel, de Felipe Trigo

Por , en 7 de enero de 2010

Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el señor La Riva, hombre que, según decía, desde hortera con sabañones, supo caer en marqués con gabán de pieles, sin más que saltarse limpia y oportunamente el mostrador de un comercio.

Habían desfilado los demás visitantes y quedaban estos dos; intranquilo él porque se le hacía tarde para el Senado, y la bella marquesa ante el lienzo absorta cada vez más, examinándolo a través de sus impertinentes y celebrando los detalles con el pintor en voluble charla. Era un panneau decorativo: el arcángel maldito, caído bajo un cielo de tempestad sobre una roca; Luzbel, con la túnica y el cabello rubio azotados por el vendaval, con el codo en la rodilla y la sien en el dorso de la mano, resplandecía aún de divinidad, en la hierática rigidez de su soberbia, como el ascua que en su propia ceniza se va apagando.

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Relato

Villaporrilla, de Felipe Trigo

Por , en 6 de enero de 2010

¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.

Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de blanquísimas casitas “que como ovejas rodeadas al pastor en apretado conjunto circundaban la bonita iglesia”, debían de ser el non plus ultra de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas, con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armiños y lindas como perlas, mostrando bajo la “corta y honesta falda” su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idílicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrón de cantería verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, bebía su recua de borricos — alguno quizá dando también al viento su amorosa queja en un rebuzno poderoso…

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Relato

EL AUTOR

Por , en 5 de enero de 2010

La luna se guarda temprano aquella fatídica noche, las bestias carniceras deambulaban sedientas de sangre, nada ni nadie las paraba, amas y señoras de las tinieblas.
Danzaban en la oscuridad. Los ojos inyectados de sangre, la boca espumosa, dando alaridos de gozo y placer, esperando el momento para atacar.

El fétido olor que emanaba de su cuerpo era insoportable, el ambiente estaba cargado de muerte y destrucción…

De donde salieron? Y como llegaron hasta allí? Difícil de saber lo cierto es que estaban y hambrientas…
Solo alguien podía parar aquella horda infernal, antes que diera rienda suelta a su ritual sangriento…
El autor… Que con un simple golpe de teclado borro aquella ficción macabra.

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Relato

UN ASUNTO DE INFANCIA

Por , en 4 de enero de 2010

El silencio es sepulcral en la sala, sólo roto por el volumen quedo del televisor. Cuando el abuelo manda callar nadie desobedece, hasta una inspiración más alta de lo normal podría desagradarle. Miro a papá con gesto de incomprensión, quisiera ver en él a lo que denotara desaprobación, no lo hay, por supuesto. Si esto de las generaciones es algo similar a una cadena papá, que es el eslabón intermedio entre el abuelo y yo, debería tirar por él unas veces y otras por mí, pero siempre hace lo que dice el abuelo y yo salgo perjudicado, no sólo yo también mamá y cualquier otro que esté cerca. Ahora mismo, por ejemplo, mi hermanito ha roto a llorar desconsoladamente, debe tener hambre y mamá ha tenido que salir apresuradamente a la otra habitación a ver qué le pasaba, menos mal que aún no habían comenzado las noticias. Ha sido suficiente que el abuelo la mirara como sólo él sabe mirar para que ella se levantara del sillón como una flecha.

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Relato, Terror

EL TOMADOR DE PALABRAS

Por , en 3 de enero de 2010

Hoy es dieciocho de octubre de dos mil ocho, es decir que ha transcurrido exactamente un mes desde que Dedé Munárriz, mi amigo Dedé, se presentó en mi casa insólitamente temprano. Persistió interrumpiendo el timbre de la puerta hasta conseguir arrancarme de la cama, hecho que supone tanto un mérito inusual como una valentía épica, ya que mi sueño resulta de una naturaleza honda, casi inquebrantable, y aún cuando es posible descomponerlo mi despertar conlleva, sin remedio, un ánimo de amargura y de odio hacia la fuente de la perturbación. Aquella mañana la molestia provenía del ruido estridente del timbre que Dedé se había empeñado en pulsar y pulsar, de manera que abrí la puerta con los ojos todavía legañosos y dispuesto a escupirle cualquier barbaridad, el más insultante de todos los improperios. Pero él no me dejó tiempo, sino que inmediatamente se precipitó hacia el salón de estar y sin decir siquiera buenos días me tendió un montoncito de folios mecanografiados.
- Léelo. Creo que es el mejor relato que he escrito en mi vida.

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Humor, Relato

EL RELATO

Por , en 2 de enero de 2010

EL RELATO

- Les contare – decía en circulo de amigas. – Algunos secretitos que he guardado.
- Soy la menor de mis seis hermanas y desde mi nacimiento me han tratado muy
bien, no me ha faltado nada, siempre soy la preferida y no es vanidad, creo que soy la más bonita.
Todas la escuchaban con sumo placer…

- En realidad, a pesar de mi corta edad no soy una mansa palomita, tengo también mis deseos como todas, mas cuando él se acerca. Al principio le tuve miedo, era demasiado viejo para mí. Yo una niña aun, pero conforme paso el tiempo me fui acostumbrando a sus caricias y a sus besos. Cada vez que lo desea: En la mañana, en la noche, hasta en la madrugada. En fin podíamos decir que era un viejo besador.
Todas rieron de buena gana…

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Narrativa, Relato

para mi niña mejer

Por , en 1 de enero de 2010

madre pequeña palabra.
que encirra la magia
de una nueva vida:
sentira tu piel un temblor.
de dicha
por ser el abrigo
de ese hijo deseado..
pero aun no sabe
tu joven corazon.
lo que viviras al sentir
su llanto por primera vez ,
serala emocin mas maravillosa
que esperabas

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