Entradas del 2009

Relato

Tan lejos y tan cerca

Por , en 11 de diciembre de 2009

Puedo sentirte tan cerca de mi… aunque estes tan lejos.
Puedo revivir los momentos contigo… aunque no estes aqui.
Puedo ver tu sonrisa, tus ojos, tu tierna mirada… aunque no estes aqui.
Puedo tocar tus labios, sentir tu aliento sobre mi cuello… aunque no estes aqui.
Puedo aspirar tu suave aroma varonil… aunque no estes aqui.
Puedo oir tu melodiosa voz diciendo que me amas… aunque no estes aqui.

Porque aunque ya no estes conmigo, mis cinco sentidos te sienten tan cerca…tan cerca aun estando tan lejos.
Aqui esperare cada dia al amnecer y me ire cuando la luna aparezca, para verte en sueños, porque alli es donde estas conmigo… tan lejos pero tan cerca.

Muchos dicen que estoy loca porque aun te siento aqui pero es que tu siempre me enseñaste a amarte… pero jamas a olvidarte.

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Clásicos

Paga anticipada, de Felipe Trigo

Por , en 10 de diciembre de 2009

Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz. Frente a mí, una casa más alta que las demás, de construcción vetusta, de anchas rejas y balcón panzudo, sobre el cual una hornacina contenía una Virgen alumbrada por un farol. Se destacaba en el resplandor de la luna que empezaba a salir, y a todo lo largo del caballete y de los aleros del tejado, que volaba amplia y graciosamente las esquinas, veíase negro, enérgico, el enmarañado dibujo de los jaramagos a la traslumbre del cielo.

Aquello era una decoración teatral; y os juro que tan profundamente me ensimismé en su contemplación con ojos de artista, que me costó algún trabajo no creer que, en efecto, [ pág. ]estaba en un teatro, cuando llegó a mis oídos una voz de contralto, extensa y pura, que cantaba:

Il segreto per esser felice
se io per prova…

El pasaje de Lucrecia, letra más o menos.

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Relato

Tempestad, de Felipe Trigo

Por , en 9 de diciembre de 2009

“Voy con María. Espéranos. — Octavio.”

María era mi amante.

Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.

Un escéptico que creía en todo.

Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a saludarlos; pero ella, abriendo la portezuela y separándose para mostrarme el fondo, dijo desoladamente:

— Allí venía él.

— ¡Octavio!

— Muerto — respondió tan bajo y tan secamente, que apenas la oí.

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Relato

La primera conquista, de Felipe Trigo

Por , en 8 de diciembre de 2009

Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:

Cinco céntimos de pitillos.
Dos céntimos de fósforos de cartón.
Ocho céntimos de americanas.
Diez céntimos de peladillas de Elvas.
Y un mi buen real de confetti, porque era Carnaval.

Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillos, excepto un cigarro, que echaba en mi boca más humo que una fábrica de luz, me dirigí a San Francisco por la calle de Santa Catalina abajo, marchando tan arrogante y derecho, que no pude menos de creer que era un capitán, que durante un rato fué detrás, pensaría:

— Será militar este muchacho.

El paseo estaba animadísimo. Pronto hallé amigos y caras conocidas entre las nenas. Yo reservaba mis confettis (que entonces no se [ pág. ]llamaban así) para Olimpia, la morenilla que iba a la escuela frente al Instituto. Pero Soledaíta, una rubia traviesa que al brazo con sus compañeras nos tropezó en la revuelta de un boj, se dirigió a mí resueltamente, mordió su cartucho de papeles y me los regó por los hombros.

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Clásicos

Paraíso perdido, de Felipe Trigo

Por , en 7 de diciembre de 2009

RECUERDOS DE MINDANAO

— Esto es un paraíso — me dijeren cuando llegué al campamento; y para certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en derredor.

Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca, los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.

Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodeándonos, el bosque; el bosque virgen, de fantástica frondosidad, cayendo por todos lados, desde nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno verdor se tendía por las montañas festoneando sus crestas en la lejanía sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.

Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compañeros revelaban [ pág. ]una especie de paralización extraña, de éxtasis.

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Clásicos

El oro inglés, de Felipe Trigo

Por , en 6 de diciembre de 2009

Leía yo, acostado, tratando de dormirme, El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor — ¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro! — sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:

¿Quién duerme arriba?

— La inglesita.

— ¿Qué inglesita?

— Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.

— No la conozco.

— Come en su cuarto. Sin embargo, ha debido usted de verla en la playa todas las mañanas.

— ¿Guapa?

— La mar.

Dejé caer el periódico, y me quedé fijo en el techo.

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Cuentos, Relato

Mis yoes

Por DCF, en 5 de diciembre de 2009

Lo estoy esperando agazapado tras este muro, porque sé que va a pasar por acá, lo sé porque lo estuve siguiendo y allí viene, viste como yo, camina como yo, habla como yo; pero no soy yo; aunque nadie nos distinga, ese no soy yo y apenas pasa junto al muro me pongo de pie y lo encaro, el no puede creer lo que ve, intenta decir algo pero no le doy tiempo, de inmediato clavo la afilada hoja en su cuello y corro asustado, ya que por un momento, creí sentir esa puñalada en mi propio cuello y mientras corro, lo espeso de la sangre baja por mi garganta, toso, y sólo para cerciorarme, toqué mi yugular: estoy sano. Tiré el cuchillo en un basural y seguí a pie hasta llegar a casa; entré en silencio, no quería molestarla, fui hasta su cuarto y la vi, sentada en su silla, mirando nada, de espaldas a mí:
-¡Papi… papi, volviste!
Si yo no hablé, ¿cómo supo que era yo?, habrá sido por mi olor… el sonido de mis pasos… ¿tanto así me conoce?, y corrió a abrazarme:
-¿Me trajiste los dulces que me prometiste?
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Relato

Página en blanco

Por Elio Turmell, en 4 de diciembre de 2009

Los dos hombres extraños se mueven acompasados, hermanados por algún
curioso resorte que hace que al contemplarlos parezcan una sola persona. Caminan con
una cadencia absurda que convierte sus movimientos en ridículos y previsibles. Llevan
consigo unas enormes capas grises que les cubren hasta los tobillos. Tal vez pretendan
que la grisura que parece envolver sus vidas quede reflejada en esas tristes y decadentes
capas, o puede que solo se resguarden de la vergüenza que se producen a sí mismos. Sus
pasos son cansinos, avanzan como si no tuvieran mejor opción, o incluso, como si no
les quedara otra. Con las manos en los bolsillos, cabeza gacha, mirando siempre el
mismo suelo monótono por el que caminan. Llevan colgada a la espalda una bolsa
enorme que es todo cuanto tienen como equipaje. Ambos portan sombrero de ala ancha,
que se les zarandea en todas direcciones con la incesante persistencia de un viento
inhóspito como sus almas.
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Cuentos, Relato

Buceo literrario

Por DCF, en 3 de diciembre de 2009

Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera, vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor, y sentados en una mesa, tres niños pequeños devoraban muzarellas… haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera. En ese momento entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros; yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja, que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada, vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a salir palabras; yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa:
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Relato, Terror

Eterno Amor

Por , en 2 de diciembre de 2009

Hay heridas que jamás cicatrizan, su dolor puede sentirse día tras día. Es en vano tratar de poder olvidar, aunque seria el único recurso, en el cual pueda dejar de sentir este agonizante dolor; en lo profundo de mi corazón, de mi alma, poco a poco se apodera de todo mí ser.
Ahora el sol esta eternamente nublado, anhelo profundamente el día, en que al fin pueda volverte a ver, sería la única forma de sentirme con vida otra vez.
Aunque ha pasado mucho tiempo, recuerdo con tanta claridad aquel bello encuentro, era cosa del destino, tu intensa y profunda mirada que me cautivaba, tu voz, ¡OH! Esa voz pacifica pero hipnotizante, era imposible poder dejar de mirarte, trataba de disimular pero no tenia caso, desde ese momento pude creer en la perfección.
Caminamos juntos por un largo y verde sendero, repleto de árboles cuyos esbeltos y altos troncos no se mantenían verticales, sino inclinados, las hojas pendían trémulas y en línea prolongadas, formando así un bello paisaje.
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This post was submitted by Natalia Daniela Paolucci.

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