Entradas de noviembre de 2009

Ciencia ficción, Relato

Medianoche

Por , en 30 de noviembre de 2009

En un pueblo lleno de vida en el dia, juegan y corren los niños felices, aunque a la noche, lo mejor seria hechar llave a la puerta. Algo acecha al crepusculo, pero nadie se atreve a investigar que es, ya que la ultima persona que lo intento, william narraph, murio en el intento.
Alice Catalany venia de ciudad, a casa de sus tios, palida como la nieve y sus labios delgados y rojos, esta chica no tenia miedo a nada. llegada a la casa de sus tios, saluda emocionadamente a estos. en ese pueblo Little Ofering cada dia salia un sol radiante, y ese mismo era el que se estaba escondiendo esta tarde, Alice saludo a su tia Rob, y en eso suena su celular aunque ella mira la llamada entrante y decide no contestar, luego continua saludando a su tio Alberto.
Rob, sabe que algo anda mal, y esa misma noche acabada la cena decide hablar con su sobrina.
-Tia, de verdad no me pasa nada.- Le repetia Alice.
-Niña, niña, cuentame, ¿que es lo que pasa?
-aver, esta bien, sos pesada ¿no? bueno, lo que pasa es que yo… Tenia un novio. lo queria mucho pero, ya cortamos.
-ay, hijita de mi alma, ¿porque?
-porque si, porque yo quiero mas que cariño en la vida, lo que yo quiero es amor… amor de verdad.
-si niña, tenes razon. bueno esta viejita se va a dormir, y la nenita tambien.
-buenas noches tia.

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Relato, Terror

El espectador : El pasajero (Parte 1)

Por , en 29 de noviembre de 2009

El reloj de la estación marcaba las 5:58 p.m. y empezaba a escucharse el metal de los rieles chirriar bajo la presión de los vagones a una distancia no muy lejana de la estación, bueno ese era el tren que debía tomar, el lugar al cual se dirigía era Londres y el viaje duraría tan sólo 30 minutos, Londres una ciudad bastante concurrida, sin embargo la mayoría de la gente que va a Londres solo permanece en esta hermosa ciudad por unas horas.

Mientras el tren disminuía poco a poco la velocidad y los pasajeros se disponían a abordar en los distintos vagones disponibles; un chico de unos 15 años vestido con unos jeans con apariencia de gastados y una sudadera a rayas verdes y grises me quedó mirando de una manera muy extraña lo que me hizo preguntarme como debía lucir ante sus ojos: aparentaba unos 35 años aunque en realidad tenía muchos más, llevaba la barba bien afeitada y un traje de color negro para la ocasión con unos zapatos a juego. Subí al mismo vagón que aquel muchacho el cual no dejaba de observarme con una cara cada vez más intrigante, pero mi mente se distrajo rápidamente con la trivial discusión de unos pequeños hermanitos por el último dulce que les quedaba y luego tuve que cederle mi asiento a una anciana, el vagón estaba atestado de gente por lo que de pie la incomodidad era realmente insoportable y no pude evitar pensar ¡Demonios, por qué hay tanta gente en este tren!

El chico seguía acuciándome con la mirada aunque a veces no podía verle, debido a la multitud, yo sentía que su mirada solo tenía un objetivo: yo ; habían pasado cerca de 20 minutos desde que el tren partiese cuando empezaba a estremecerme y no es que le tuviera miedo a un chico de quince años, soy lo bastante petulante como para permitirme tener miedo, sin embargo no sabría explicar lo que me embargaba en ese momento, aunque muy tarde supe que lo mejor que podría haber pasado era sentir miedo. Se anunció una parada que haría el tren antes de llegar a Londres; y aunque fueron muy pocos los que bajaron aquel muchacho se encontraba entre ellos. No puedo negar que me sentí un poco mejor pues la mirada de aquel muchacho me había desconcertado de una manera muy singular, nunca olvidaría al muchacho y mucho menos su mirada, eso lo podía asegurar pero lo que no sabía hasta ese momento era que no era la última vez que lo vería y cada vez sería aun más desconcertante que la anterior.

El tren estaba aún lejos de Londres pero el viaje estaba llegando a su final, el conductor del tren no pudo mantener el equilibrio en una curva donde habían algunas fallas no previstas por los constructores de la ferrovía y el tren colisionó contra las grandes vigas del subterráneo y los cadáveres de los pasajeros quedaron atrapados entre los fierros retorcidos de los vagones, el viaje de la estación donde abordé el tren hasta Londres tenía una duración de 45 minutos pero como ya lo había dicho antes este viaje solo duraría 30 minutos y es que un agente de la muerte pocas veces se equivoca.

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Cuentos

Lacrimario, de Luis Bonafoux

Por , en 28 de noviembre de 2009

I

Albert Millaud se fue, y no hay que esperar su vuelta a la redacción de El Fígaro, ni al teatro, ni al boulevard. Es de sentir por los que le leíamos con gusto y admiración; es de alegrarse por Millaud, que, enfermo de cuerpo y entristecido de espíritu, estaba demás en París. ¿Qué hacía por ahí Albert Millaud? Sin salud, sin fe y sin entusiasmo por nada ni por nadie, la vida del hombre es sencillamente la de una bestia enferma y cansada; y un Millaud no puede, aunque quiera, hacer vida de bestia.

Albert Millaud se acostumbraba poco a poco a la muerte. Su cuarto de la calle Nouvelle tenía tristezas de tumba. Del techo, de las paredes, de todas las partes de la habitación, caía ese frío extraño que nos sorprende al acercarnos a una fosa abandonada; y es que el espíritu de Millaud no habitaba allí. Hacía ya mucho tiempo que le echaron por muerto; sólo que, galvanizado en el boulevard, corría a esconder sus espasmos en la antigua fosa…

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Cuentos

Se equivocó, de Luis Bonafoux

Por , en 27 de noviembre de 2009

La noticia no causó mayor sensación en el país de los descuidos. ¡Pero la joven y hermosa muchacha que estaba en vísperas de casarse, contrajo matrimonio con la muerte en un rincón del abyecto depósito de cadáveres!

El médico le recetó una limonada purgante, y el farmacéutico le sirvió igual dosis de ácido fénico.

No tiene nada de particular: una equivocación. No fue a las altas horas de la noche, sino a las primeras horas del día; se veía bien y la receta estaba claramente escrita. Pero, en fin, cualquiera se equivoca. -¡Sólo que las equivocaciones pueden costar la vida a una mujer hermosa y enamorada!…

En Madrid cualquiera se equivoca. El cartero entregará a usted una carta que era para el vecino, o viceversa, porque al subir al piso de usted se arrancó por peteneras, y «el hombre», distraído, se equivocó sin querer, el hortera de ultramarinos servirá bacalao en vez de jamón que se le pidió, por que estaba timándose con una criada y… «¡qué le vamos a hacer!» se equivocó; el barbero le desollará vivo, porque está atento a todo (menos a la barba del afeitado), y si no mira a la calle, con la herramienta en alto, tendrá que saludar y despedir a todos y cada uno de los parroquianos. -¡Buenos días, D. Patricio! -¡Vaya usted con Dios, D. Ángel! -Siéntese usted, D. Cosme. -¡Diez minutos… va en seguida, D. Pedro!;- y se equivoca de sitio y da a usted un tajo en una oreja. -El médico recetará estricnina por quinina; el farmacéutico propinará limonada purgante de ácido fénico; y el sepulturero, meterá al muerto en un tranvía o en un café, en vez de echarlo al hoyo. Nada, los cigarrillos, las buenas mozas que pasan al desgaire, el olé, el chachipé, y sobre todo la comezón de charlar como cotorras. La verdad es (dicen para excusar su equivocación) que no puede uno estar en todo.

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Cuentos

Después del drama, de Luis Bonafoux

Por , en 26 de noviembre de 2009

I

Los capitanes generales de Filipinas han hecho cosas extraordinarias. Convencidos todos de que tenían al deber de dejar algo a su paso, ninguno se olvidó de ejercer las facultades omnímodas.

El general Clavería, que estuvo allá en 1848, no podía prescindir de hacer alguna cosa extraordinaria. El general supo que la mayor parte de los indígenas se llamaban «del Espíritu Santo», «de María Santísima», «de San Juan Bautista», etcétera, y como deseaba dejar algo que justificase su paso por «aquellas apartadas regiones», declaró que los indígenas no tenían derecho a ser homónimos de los santos.

-¿Cómo? ¿Llamarse San Juan Nepomuceno un igorrote, un tártaro, un malayo, un japonés, un guinea, quizás un chino? ¡No en mis días -exclamó el general- que no he de ser yo quien tolere tamaño atentado al almanaque!

Los indígenas contestaron, después de rascarse la cabeza:

-Serenísimo señor, castila excelso, dueño y árbitro de cielos y tierra, sabed que no es nuestra la culpa. Frailes fueron quienes bautizaron, con tales motes, a nuestros infelices mayores. En cuanto a nosotros, ¡oh gran Señor! si nos llaman «de la Cruz» o «de los Santos», bien está; y si nos llaman miaumiau, como a los gatos, o pí-pí, como a las gallinas, bien está también.

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Cuentos

Hosannas, de Luis Bonafoux

Por , en 25 de noviembre de 2009

Un periódico de allende apareció con tamaña orla, el 8 del mes pasado, para celebrar el aniversario de la creación de un Instituto y cantar «hosannas y aleluyas» por la derrota de los jesuitas… en Navalcarnero, como si dijéramos. ¡No más jesuitas! ¡Hemos acabado con ellos!

El poder de los jesuitas -entiéndalo ese periódico- es realmente asombroso, no tanto como creía Eugenio Süe, quien, como ha dicho Michelet, hizo del jesuita un tipo sobrenatural, pero sí lo bastante para que la Compañía, organizada mejor que otra alguna, no perezca… en Navalcarnero. Roma la temió siempre; prestole acatamiento la Inquisición española, y el jesuitismo promovió buena parte de los transcendentales disturbios del mundo europeo. En el fondo de todas luchas se encuentra siempre a Rodín…

La política de los jesuitas se basa en la doctrina del libre albedrío. «De vosotros depende vuestra salvación y condenación eternas; pero si os engañáis, ahí está el infierno. Para guiaros, aquí estamos nosotros». El jansenismo tendió a la ruina de esa doctrina y de la Compañía que la predica, y lo que no pudo conseguir Richelieu, a pesar de su genio, lo alcanzó el jesuitismo: la muerte de la secta de Jansenio y Saint-Cyran.

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Cuentos

Mosaico, de Luis Bonafoux

Por , en 24 de noviembre de 2009

La crítica -suponiendo que haya crítica en Madrid- no se cuida poco ni mucho del movimiento literario de provincias. Los libros provincianos, o de los provincianos, tienen en las redacciones madrileñas el mismo destino que los periódicos de allende el mar: sin leerlos, sin hojearlos, sin abrirlos, con faja y todo, van a parar bonitamente al cesto de los papeles inútiles…

Si el provinciano quiere que su nombre suene aquí, tendrá que hacer la maleta, tomar el tren, presentarse en la ilustre Corte con algunas cartas de recomendación, y mejor aún con algunos billetes del Banco que gastar en comidas, cafés y… puros, aunque sean viles tagarninas. Esto es lo positivo.

Los bombos se consiguen en tal caso con pasmosa rapidez. El gacetillero no leerá el libro, pero sabrá de lo que trata por el mismo autor, y le aplicará la consabida crítica (una especie de canon, pauta, molde o como se quiera), de frases hechas, lugares comunes, elogios hueros, y a veces ni eso siquiera, porque vive muy ocupado, no puede ni quiere molestarse, y sale del paso o atolladero diciendo al autor: «hágame usted tres o cuatro cuartillas, y tráigamelas para publicarlas. ¡Ah!… dese usted todos los bombos que quiera, no sea corto de genio…»

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Cuentos

Cavia, ¿es Voltaire?, de Luis Bonafoux

Por , en 23 de noviembre de 2009

Pues si Voltaire es el talento más vasto de la Humanidad, como dijo fundadamente Revilla, Cavia[1] no puede ser Voltaire aunque lo diga el antropólogo Salillas y lo jure el antropófago fray Blanco. Por cierto que Salillas dijo también, con mucha gracia… antropológica, que Cavia es pálido y transparente como Voltaire. También yo soy pálido, aunque verdoso a días, como Sagasta y Anastay; y en cuanto a transparente… que se quiten donde esté yo los visillos y guipures.

¿Qué es Voltaire como literato? El autor de la Henriada y el autor de Candide, que es la más notable de todas las novelas satíricas que se han escrito, como que hirió de muerte, al herir a Rousseau, un mundo de filosofías.

¿Qué es Voltaire como pensador? Casi nada: el precursor de la revolución francesa…

Pues si Cavia no ha escrito más que el libro Azotes y el Salpicón que tengo a la vista, y no ha promovido más revolución que la Madrugada de algunos vecinos curiosos que se levantaron a las once de la mañana por gusto de contemplar las llamas del Museo de Pintura, ¿cómo ha de ser Voltaire, ni genio parecido, mi amigo Mariano de Cavia?

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Cuentos

Al saco con él, de Luis Bonafoux

Por , en 22 de noviembre de 2009

La nota periodística de la semana pertenece a La Correspondencia, que sale remozada, o ella al menos lo cree así, como vieja princesa que escribiera diciendo: «Mon pinson égaré… Ma petite Fleur de Nice… etcétera.»

Las Dos cartas…, a saber, la del excelentísimo señor marqués de Santa Ana y la del excelentísimo Sr. D. Andrés Mellado -que si no va para marqués merece ir- son divinas…

El marqués empieza por participar a sus lectores que quiere consagrarse… ¿obispo? Es más modesto en sus aspiraciones. Quiere «consagrarse al desarrollo de planes que cree de inmensa utilidad para el servicio de Dios.» Hay que reconocer que ese Dios que lee La Correspondencia ha venido, literariamente, muy a menos, y que si se habla español en el cielo (cosa que dudo mucho), se propone el marqués que no lo entienda ni Dios.

Pensando en Él, se dirige a D. Andrés Mellado y le dice en confianza:

«Ofrezco a usted, a usted (bis), tan hábil periodista y cuyos sentimientos son idénticos a los míos la dirección de La Correspondencia de España.»

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Narrativa, Relato

UNA EXPERIENCIA

Por Juanjo Romero, en 21 de noviembre de 2009

Según mis años de vida y otros cuantos de estudios, puedo llegar a la conclusión y afirmar sin miedo a equivocarme que la palabra escrita transmite, además de información, sentimientos. Incluso puedo complementar lo anterior argumentando que la escritura es un modo de evasión, pequeño intento de catarsis interna que te aísla de lo que te rodea y por el que llegas a “vivir lo que lees”. Llegando mas hondo aún si hay cabida, la escritura puede ser el método de alcanzar la felicidad o tristeza de aquellos que no saben por su propia piel lo que esas palabras escupen entre las letras que la forman. Podría dedicarme a reflexionar sobre la escritura durante bastante tiempo, y podría apoyar al lector que se dispone a leer los siguientes párrafos a que se prepare para experimentar algo que yo intento transmitir mediante la palabra escrita, pero sintiéndolo mucho, en este caso la escritura sólo es un leve trazo de algo que ni forma ni color los pinceles saborean. Puede ser por algo parecido por lo que los grandes poetas nunca encontraron el verso perfecto. Tras estas anotaciones trataré de describirlo de la manera más fiel posible, ni más ni menos.

La hora citada se marcó en el reloj y ninguno de nosotros hizo esperar al otro. La noche era fría, de luna clara y vistosa cuando las pequeñas nubes lo permitían. No toda la ciudad dormía a pesar de ser un martes pero no le dimos la menor importancia. Al vernos, nuestras caras, gestos y forma de hablar denotaban intranquilidad, mas no por eso quiero decir que mostrásemos algún atisbo de miedo o arrepentimiento, sino todo lo opuesto, pues muecas de sonrisa divisé en mis dos compañeros no más verlos, y ambas tardaron en desaparecer. Nuestro plan de aquella noche no era otra cosa que la experiencia. Rellenar los huecos del “si” y del “no” y poder disipar la duda. Al fin y al cabo nunca fuimos muy amigos de la implacable rutina.

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