Entradas de agosto de 2009

Relato, Terror

Novela por entregas (segunda entrega)

Por , en 31 de agosto de 2009

Capítulo III (La decisión)
Apenas llevaba treinta días trabajando con el embajador, pero el hombre intentaba hacérmelo pasar lo mejor posible. No era de los que se prodigaba en fiestas ni saraos. Su dedicación al trabajo también lo convertía en una persona fácil de proteger, ya que apenas salía del edificio de la embajada o de la residencia. Si a todo esto añadimos que nos encontrábamos en un país nórdico, donde la noche en esta época dura seis meses y el frío es intenso, el cuadro se convierte en algo parecido a una postal que refleja la soledad de un páramo nevado. Finlandia era el lugar donde me había conducido mi nuevo destino, asesor especial de seguridad de la embajada de mi país y guardaespaldas personal del excelentísimo embajador. No solía ser habitual que los agentes de la Unidad se utilizasen para realizar este tipo de servicios, de escolta o protección de personalidades, pero sí se efectuaban cuando el riesgo que entrañaba un cargo lo aconsejaba. Mi habilitación, al contrario del resto de personal, que sí tenía sus credenciales reales, era ficticio: asesor en materia de riesgo y siniestros, una especie de técnico contratado por las aseguradoras con el encargo de prevenir posibles eventualidades que supusieran un peligro para las arcas del Estado. Para mantener mi auténtica función oculta, había sido presentado como experto de una corporación especializada en seguridad de altos cargos destacados en lugares calientes. El verdadero cometido, el real, era cuidar que el embajador no sufriera un despiste y pasara accidentalmente información sensible a nadie. Se sospechaba que podría ser una persona influenciable y dejar una pequeña grieta en el hermético sistema defensivo nacional. Sin embargo, no parecía algo probable.
Apenas eran las cinco de la mañana, no había dormido demasiado bien, me había acostado tarde y no lograba liberarme de un persistente dolor de cabeza que se resistía de forma obstinada a desaparecer, así que realmente no me despertó el timbre de la puerta. Me levanté un tanto mareado. Sin tomar ninguna precaución, abrí. Allí estaba ella, como siempre, imponente y dura. Esmeralda Carnesmika me miró de arriba abajo de forma apreciativa y crítica. Sabía las palabras que iba a pronunciar. No me decepcionó, pero intuí que lo hizo por eso mismo, por no defraudarme. Vaya, parece que no estás en tu mejor día. Aunque creo recordar que los has tenido peores. Lo imaginaba, pensé para mí. Me alejé de la puerta mientras le hacía gestos con la mano para que no se quedase allí y se acomodase en el interior del apartamento. Voy a darme una ducha rápida, le dije mientras me perdía en el baño. Ella contestó con un ligero gruñido de aprobación. Mi aspecto debía ser peor del que creía tener. La ducha se demoró más de lo que había anunciado. La razón era poner en orden las múltiples ideas, sospechas, corazonadas e impulsos emocionales que me asaltaban una y otra vez mientras el agua rebotaba contra mi cuerpo. Me costaba terminar el momento, la ducha revitalizante, pero me parecía de mala educación demorarme más en salir. Recogí el albornoz de la percha y rodeé la cabeza con una toalla, me sequé los píes y las piernas; Intenté mirarme en el espejo, pero resultaba imposible por la cantidad de vaho que lo llenaba todo. De esta guisa, con albornoz y toalla a modo de turbante, salí a enfrentarme con la persona que más miedo me daba y, al mismo tiempo, más deseaba tener cerca y lejos, aquí y a mil kilómetros.
Sonrío ligeramente al verme reaparecer rodeado de una nube de suave e inofensivo vapor de agua. Pareces un fantasma, me susurró. Ya se había quitado el abrigo y lo había colgado de una percha a la que yo no había logrado encontrar utilidad en todos los días que llevaba en el apartamento.
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Relato

Diálogos de un encuentro en que la lluvia inundó las palabras y recuerdos de una vida a medio sentir.

Por Dostoi, en 30 de agosto de 2009

-Nos quedaremos aquí hasta que nos pongamos de acuerdo-dijo ella, dicho eso fuimos de a poco quedando en silencio, las personas pasaban a nuestro alrededor quedaba poco para la hora punta, si no hubiera insistido estos últimos meses este encuentro, si no hubiese hecho más que rogar no estaríamos aquí, realmente necesitaba verla de nuevo, más yo que ella.
-Ya…¿caminemos?-sugirió ella, salimos de la Estación y caminamos hacia donde vivía, eramos dos paraguas negros moviéndose, desde el cielo en un plano cinematográfico, caminando ante la ligera lluvia que tanto esperaba esa nube gris llamada Santiago.
-Y ¿Qué vas a estudiar?-preguntó-No lo sé aún-respondí. Aún me quedan cuatro meses, aún no lo he pensado bien, ella estando en tercero ya tiene toda su vida mentalizada.
-¿Y tú?-pregunte.-Voy a estudiar arte, para morirme de hambre-dijo. Llegabamos y luego de ser hábilmente persuadido por sus ojos, paramos a comprar arrollados de primavera en lo que parecía ser un restaurante y nos los fuimos comiendo en el camino, hablamos de todo, menos de nosotros mismos, de los amigos, los profes, las drogas, ella las conoció antes que yo, y yo la conocí a ella antes que eso.
-Y ¿Qué es de tu vida?-preguntó.-No mucho realmente-dije-saldré de cuarto y no he hecho nada con mi vida-no quise pensar en voz alta, pero suele suceder, para mi suerte no lo escucho aunque creo que ella lo sabe, lo supo antes que yo. Nos sentamos frente a los departamentos, mientras la lluvia seguía cayendo.
-Tu vida no puede ser tan aburrida-lanzó certeramente, pero es la verdad. En el colegio me juntaba con pocas personas, el Toro nunca vino, el Rodrigo era un apostador enviciado, el Fernando era el más influenciable de los cuatro, bastaba que uno se fuera para que los otros tres lo siguieran, de un momento a otro deje de juntarme con ellos.
-Y tú, ¿Qué has hecho?-pregunté. Al contrario de mí, ella si tenía mucho que contar, sus padres vivían separados, su colegio era menos decadente que le mío, conocía a miles de personas, siempre esta ocupada ya sea en taller de teatro, centro de alumnos o fotografía. Recordamos cosas que ocurrieron hace mucho tiempo, de la extraña forma en que nos conocimos, de nuestra rara amistad, de como un día con un amigo (con quien ella estuvo) fuimos a pie en medio de la noche hasta su casa y casi no volvemos. Hablamos de cosas de la vida, de la lluvia y del amor.
-¿Alguna vez has pololeado?-me preguntó.-…mm hubo una vez, pero de todas formas. No-dije.-En serio…-dijo sin sorprenderse demasiado. Poco a poco las palabras se hicieron innecesarias, y el profundo silencio atravezado por la torrencial lluvia alejaba o acercaba según la perspectiva nuestras almas húmedas ya. Desde un reproductor de música escuchábamos canciones viejas cuando Bittersweet Symphony de The Verve empezó a sonar ya hacía frío, y ella había apoyado su cabeza en mi hombro, se quedo en silencio, cada uno mirando el vacío de edificios y nubes, su propio vacío, ausentes.
-¿Estás aburrida?-pregunte sin modificar aquella posición fotográfica.-No…y tú?-dijo.-Tampoco. Quisiera que este día no terminara, ¿qué hora es?-dijo ella.-Diez para las seis, ¿tienes que irte?-pregunté.-No, osea…tenía que ir a ver a una amiga, como a las seis y media. Sabes…lo he pasado bien-dijo.- Yo también. ¿Hace cuánto que no nos veíamos?-dije.-Mmm, no sé.
La verdad es que mucho tiempo había pasado desde la última vez, mi obsesión a pesar de haber sido en parte realizada, me deja un agridulce vacío, una suave insatisfacción, no, no era eso ni nada de lo anterior, ¿qué es eso que siento? que ahora pone una tenué sonrisa en mi rostro, creo que he pasado demasiado tiempo esperando aquel momento, y llegado aquel, no se que decir ni sentir, nunca he sido una persona de muchas palabras un buen oyente, difícil era ya sacarme una sonrisa, ella era una de las pocas personas con las que realmente se podía conversar. Pero el tiempo era un gran enemigo, indetenible e inconstante. Ya eran casi las seis y media, y empezamos a pararnos y empezar el camino de regreso, caminamos por Vicuña para llegar a Trinidad, era tomaría el Metro, conversamos durante el camino, esperando a que se volviera a repetir días como este, las posas reflejaban las pocas luces que habían, los autos arremetían aquella atmósfera perturbada de palabras entrecortadas y de frases, de colores que nunca existieron y que sólo se ven los días lluviosos, llegaba el momento de la despedida, nos miramos un rato esperando el semáforo, ya casi llegando a las escaleras de la entrada no hacía falta muchas palabras, en fondo ambos sabíamos que pasarán meses antes de nuestro próximo encuentro.
-Adios, cuídate-me dijo-Adios también, cuidate.

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Relato, Terror

Novela por entregas (primera entrega)

Por , en 30 de agosto de 2009

Cormorán es un lugar idílico situado en un pozo natural, con montañas y mar: Las montañas rodean amorosamente las tres cuartas partes; el mar, la otra restante.
Quienes la visitan suelen regresar en alguna ocasión. Algunos incluso hacen de este entorno su residencia. Hasta hace unos pocos años vivir aquí resultaba de lo más fácil. Las casitas estrechas que se extienden a ambos lados de su plaza porticada, o las que rellenan las calles aledañas, o las edificadas a las afueras de la ciudad, todas tenían un precio de alquiler o de venta asequible. Con el paso del tiempo, se ha ido llenando de gente en busca de sus templados días de sol y de sus inviernos suaves y delicados. El mar tranquilo y de un azul intenso ayuda a mantener la placidez de la ciudad. Su entorno está formado por dos valles entrecruzados, creados por ríos alimentados desde las cadenas montañosas que cierran y ocultan Cormorán. La datación de su fundación como urbe no está clara. Se sabe que fue un pequeño enclave pescador, pobre como pocos, ya que el mar en esta zona no da para mucho, que fue desarrollándose gracias al descubrimiento de una mina en las montañas. Mina de plata, que resultó ser de escasa calidad y de menguado contenido. Cuando la fiebre minera declinó por la escasez del metal precioso, comenzó su paralelo declinar que la llevó a quedarse en un simple enclave de paso de navíos que realizaban una parada en su viaje destinada al descanso. Y así comenzó una tormentosa etapa como puerto, con la implantación de un astillero para reparar buques, que en años posteriores, ante el aumento del negocio, se convirtió en una auténtica empresa de construcción de embarcaciones de bajo y medio tonelaje. De esta turbulenta etapa, quedan un barrio chino, aledaño al puerto y al astillero, y la antigua comisaría que intentaba mantener el orden en la ciudad. Cuando los adelantos en la navegación y en la tecnología se sumaron, la parada técnica resultó innecesaria y Cormorán comenzó a ver pasar los barcos más importantes sin detenerse en sus instalaciones, y los que arribaban apenas daban para alimentar los negocios nacidos al abrigo del puerto: los lupanares se vieron obligados a cerrar uno tras otro; las tiendas, igual; la comisaría comenzó a precisar de menos agentes; el Hotel Cormorán se encogió sobre sí mismo, abandonando uno de los dos edificios gemelos que ocupaba; el astillero acabó siendo poco más que un montón de maquinaria apilada y herrumbrosa.

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Microrelatos, Relato

El Calijay ( vidente)

Por , en 29 de agosto de 2009

Voy hacia un cuarto al frente del corredor de un edificio. Hay alguien atrás mío que no puedo ver, pero una chica de piel blanca que no conozco se halla en medio de la vía, sosteniendo un cuchillo y gritando amenazante al hombre que está atrás de mí casi invisible. Ella se defiende y está dispuesta a matar, cuando de pronto este gringo gigante, fuerte, rubio y de ojos azules, sosteniendo un enorme machete se ubica atrás de ella y está claro que la va a degollar. El hombre se ve enloquecido, enfurecido, y está a punto de asesinarla cuando de súbito se detiene sorprendido por el valor de la muchacha, que aunque teniéndolo a sus espaldas y llena de pánico y escalofríos, se le enfrenta cuando el se abalanza sobre ella que pensando rápido, lo empieza a insultar, a gritar, diciendo,…´te voy a clavar mi cuchillo en la boca y te voy a cortar la lengua!´,lo cual de inmediato procede a hacer con furia. Esto provoca mucho dolor al grandulón que con gestos horribles sufre el ataque, y sorpresivamente inserta su machete en su propia boca, y la destruye hasta la garganta. La joven mujer logra entonces escapar mientras yo pegado al piso, no se ni que pensar.

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Relato, Terror

RESURRECCION

Por , en 29 de agosto de 2009

CAPITULO 1
BALTAZAR

Se tienen ciertas dudas de quien fue el primer vampiro, pero muchas personas creen, que, Caín, hijo de Adán…fue el primero, ¿yo? Yo Simplemente lo sé…

-¿Que demonios fue eso?
-No lo sé, hay que salir de aquí, aun faltan 2 horas para amanecer
-Siento algo raro en este viento
-¿Que pasa? ¿Por qué te detienes?
-Algo detuvo mi pie, -dije con la mirada perdida…jalándome al momento y tirándome al suelo-
-¡Cuidado! -2 de ellos se abalanzaron contra nosotros-
Yo trate de luchar contra uno de ellos, pero mi pierna se atoro en una raíz que sobresalía del suelo, otro maldito tomo por sorpresa a mi compañero, de reojo sin perder la guardia y a pesar del espesor de la neblina vi como Max corría contra varios de ellos, encaje mi cuchillo en el corazón de mi atacante y me logre liberar, con mi mano izquierda saque una daga del soporte de mi pierna.
-¡Max! -grite lanzándole mi sable
El corrió, tomo el sable en al aire por el mango con una mano y el mismo giro hizo que cortara en dos a su asechador.
Cenizas se vieron esparcidas a nuestro alrededor, un indicio del término de sus frías vidas.
Jadeando y cojeando se acerco a mi.
- ¿Estás bien? –Preguntó-
-Creo que si ¿Tu?
-También, el maldito me tomo por sorpresa y golpeo mi brazo, por eso perdí mi espada.
-Es raro que te descuides así, vamos a buscarla-dije haciendo un leve movimiento con la cabeza, indicando la dirección.
-Olvidémosla ¿Puedes caminar?- Me dijo mientras ayudaba a levantarme
-Nos han golpeado mas fuerte, esto es pan comido- conteste aun con la respiración entrecortada.
Con Mucha dificultad y con palabras sarcásticas logre ponerme de pie; caminamos hasta regresar a nuestro lugar de origen, la cacería había terminado por hoy… o por lo menos eso pensaba.
Seguimos caminando hasta escuchar un crujido.
-Espera-dijo mi compañero deteniéndome
-¿Qué pasa? Mientras trataba de escuchar
-¿Oíste eso?
-¿Qué? -Trate de agudizar mí oído lo más que pude, entrecerrando los ojos color carmesí que me dominaban.
-no te muevas, cubrámonos las espaldas ¿Puedes ser rápida?
-Claro que si-dije estirando la pierna lastimada y tronando los huesos de mi espina dorsal con un movimiento hacia atrás reincorporando cada huesito en su lugar, y aun así tratando de adivinar su plan
-¡Ahora!
Diez de esas criaturas nos rodearon, al cubrirnos ambos las espaldas acabamos en unos instantes con todos ellos, es muy fácil cuando nos coordinamos; pero al terminar nos dimos cuenta que un grupo enorme de vampiros nos rodeaba, salían de las copas de los árboles, acorralándonos, sabíamos que no sería fácil pero estábamos dispuestos a darles batalla; en ese momento una conocida y molesta voz resonó en todo el lugar.
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Policíaca

El editor, tercera parte

Por , en 28 de agosto de 2009

La época del destape coincidió con el descubrimiento de la sexualidad en Federico, aunque quizá sería más apropiado hablar de redescubrimiento o de conciencia de una sospecha. En la escuela era un tema de conversación habitual. Una vez, uno de los más pequeños de su curso le preguntó durante la clase: “¿Qué se hace?”. Federico no entendió nada, pues como chico aplicado estaba enfrascado en las explicaciones del profesor, que hablaba sobre un tema sorprendente: los parásitos. Por lo visto existían seres que poblaban los cuerpos de los animales, incluidos los humanos. La tenia parecía repugnante, pero sobre todo daba miedo. Los piojos habitaban y se reproducían en el cabello. Estos los conocía por propia experiencia. La sarna era verdaderamente inquietante. Los ácaros cavaban infinidad de túneles debajo de la epidermis o en ella, quién recuerda, y se reproducían con miles de huevos que producían un efecto tóxico en la piel. Los afectados se rascaban sin parar, como en los chistes de sarnosos de la abuela “cachas”, y esto, a su vez, generaba un enrojecimiento e irritación dérmica. Dios mío, centenares, puede que miles de bichos diminutos habitando tu cuerpo, como nosotros habitábamos el mundo. ¿Quién nos podía asegurar que nosotros no éramos ácaros viviendo como eternidad un tiempo ínfimo? El compañero volvió a insistir, ahora con mayor elocuencia: “¿Qué se hace, se mea dentro?” Federico se quedó atónito. ¡Qué ingenuo!, pensó, su cuerpo de niño aún no había descubierto los placeres de la manivela y de la polea, dos artilugios que con sospechosa coincidencia se explicaban en los cursos de física a los pre-adolescentes. Fricción, resistencia, energía, calor, conceptos que aportaban más dudas que raciocinio sobre la hidraúlica de las erecciones y del deseo. “¡Cómo mees dentro vas a coger una enfermedad incurable!” llegó a responder Federico, sin saber muy bien si tal cosa era real o un simple invento. “Los orines, cuando se juntan con los de ella, producen llagas en los labios y manchas en el cuerpo. Se llama el mal francés o sílifis”, llegó a decir imitando la cara de convicción de su padre y la prosodia del maestro. El pobre compañero se quedó atónito, hasta el punto que pasó toda la clase hundido en el ensimismamiento. Y es que los franceses eran muy malos. Sobre todo las francesas, que no paraban de follar en todo el día, como lo demostraban las mil versiones de Enmanuelle que empezaron a proyectarse en los cines por aquel tiempo. Su padre se había tirado unas cuantas, no emmanuelles, claro, sino francesas, o al menos se jactaba de ello entre caña y caña en el barrio. Pero las putas no eran para casarse. Dónde estuviese una buena española con la pata quebrada y atada a la cama que no le diesen una gabacha, con su lengua altiva y su capacidad de prescindir de ti en cualquier momento o de convertirte en uno más de sus cómplices sexuales. En aquel tiempo, las mujeres francesas daban miedo por libres, altivas y folladoras sin complejos.
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Fantasía, Relato

Juego de Alas (Prólogo)

Por Nando, en 27 de agosto de 2009

Nueve de cada diez personas sentirían algún remordimiento al interrumpir el sermón de un cura con una ruidosa canción de un grupo de rock, cuya letra era, como mínimo, inapropiada para la ocasión. Y eso sería aún más cierto si el evento que acabara de entorpecer de manera tan insensible fuese un funeral.

Sin embargo, Ramsey sólo sintió una ola de felicidad cuando el sacerdote levantó la vista de su Biblia y todos los asistentes giraron sus cabezas para atravesarle con una mirada de indignación. Ramsey metió la mano en el bolsillo de su americana y sacó el móvil tan rápido como pudo, al tiempo que murmuraba una disculpa y se alejaba a toda prisa por los jardines del cementerio.

Cuando uno sólo puede hablar una vez al mes con su mujer, porque se halla casi incomunicada en la otra parte del mundo, colgar la llamada es la última cosa que pasa por la cabeza. Aún así, Ramsey tomó nota mental de cambiar el tono de su moderno teléfono móvil.

―Hola, cielo ―saludó mientras seguía caminando entre los árboles―. Te he echado de menos. ¿Cómo va todo por la Antártida?

―Yo también a ti, cariño ―contestó la voz de su mujer―. Por aquí todo marcha según lo previsto, la visita del congresista Collins y sus burócratas nos ha retrasado un poco pero logramos que dieran su apoyo económico ante el Congreso. ¿Qué tal todo por casa? ―preguntó sin disimular su nostalgia.

Ramsey prefirió omitir el reciente incidente en la iglesia, no le pareció a la altura del congresista Collins ni de presupuestos millonarios para misiones científicas. En lugar de eso, le resumió los mejores momentos que había vivido desde que hablaron el mes pasado, que por desgracia no eran tantos como le hubiese gustado. Los negocios no iban precisamente viento en popa. Pero no quería ensombrecer su conversación mensual con noticias desagradables. Su mujer, por su parte, le relató los avances en la investigación del proyecto científico que lideraban en el polo sur. Jane utilizaba la clase de jerga científica que a Ramsey, directivo de una tabacalera, le resultaba casi incomprensible. Pero Jane le hablaba con tanta pasión, que nunca había sentido la necesidad de cortarla. Sería porque llevaban poco tiempo casados, pensó cínicamente. Al menos había contraído matrimonio en una ceremonia en la que por fortuna los invitados tuvieron más tacto que él y apagaron sus móviles.

―Entonces, ¿cuánto falta para que concluya el trabajo y regreses a casa? ―preguntó Ramsey.

―Si todo continúa así, en dos meses habremos terminado ―dijo ella con una nota de alegría. A Ramsey no le pareció tan buena noticia como a su mujer. Aunque el plazo no se alargaba, él había albergado la esperanza de que estuviese de vuelta antes, pero se abstuvo de decir nada.

―¡Oh cariño! ―la voz de su mujer sonó emocionada al otro lado de la línea―. ¡Es increíble, estoy viendo la aurora austral! Es un espectáculo de luces increíble. Ojalá pudieses estar aquí ahora para verlo conmigo.

Ramsey imaginó a su mujer con el teléfono pegado a la oreja y mirando hacia el cielo del Polo Sur. Sin darse cuenta, se dejó llevar por la ilusión de estar a su lado y alzó la vista como si ella le estuviese señalando a dónde mirar. Lo que contempló le dejó boquiabierto.

―Cariño, ¿sigues ahí? ―preguntó su esposa―. No te oigo. ¿Me escuchas?

―Sí, te oigo, perdona es que… juraría… que yo también la veo.

―¿Qué es lo que ves? ―preguntó ella sin entenderle.

―La aurora. Veo las luces en el cielo formando una especie de estela de colores ―balbuceó Ramsey.

―Vamos, cariño ―dijo ella en tono de reproche―. No empieces con tus bromas.

―Te lo juro. Estoy viendo una aurora ahí arriba ―insistió―. Es como la que vimos en Alaska el año pasado. ¿La que ves allí es verde con trazos morados?

―Sí ―respondió ella con un claro cambio en su voz―. Pero eso no puede ser. Tendrías que estar mucho más al norte para poder ver una aurora boreal. Y no podría ser la misma que veo yo. Escúchame bien, si es otra broma pesada te juro que me quedaré aquí un año…

―¡No es una broma! ―cortó él―. La estoy viendo con mis propios ojos. Voy a hacer una foto con el móvil y te la mando, así podrás comprobar que no miento.
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Policíaca

El editor, segunda parte

Por , en 27 de agosto de 2009

El juego del solitario, incorporado de serie en las versiones de Windows, siempre le dejaba con un regusto de culpabilidad. Además, su práctica en el centro de trabajo no era tan inofensiva. Existían ya algunas sentencias de despido por su uso incontrolado. Uno podía ser un ludópata o un cocainómano y ser considerado simplemente un enfermo. Podía atiborrarse de antidepresivos y ansiolíticos y recibir la actitud condescendiente de sus superiores; incluso podría intercambiar con ellos comentarios sobre los efectos secundarios del prozac, del valium o del lexatin: “A mí me produce por las mañanas sequedad de boca”, “A mí, en cambio, me da estreñimiento”. También uno podía dedicarse a joder al personal. No importaba, seguro que en todas estas situaciones saldría indemne. En cambio, jugar al solitario era una falta grave similar a una agresión física, un hurto o una ausencia prolongada del centro laboral.

Pelársela quedaba fuera de lo imaginable. No se la había pelado nunca en un espacio público y no iba a empezar ahora, con cuarenta y tres años, aunque el recuerdo del último polvo con Laura le provocase un cosquilleo en los testículos. Con toda probabilidad, pensó, el mundo laboral sería más relajado si la gente estuviese bien follada o se masturbase más. Pero el sexo estaba reñido con la competitividad laboral, ya fuese por sublimación o por cualquiera de esos mecanismos enigmáticos que el esoterismo psicoanalítico había profetizado. Quizá por eso los proletarios follaban más que los ejecutivos, siempre cuidando su dieta con yogourts y ensaladas aderezadas con fármacos para la acidez de estómago, la hipertensión, la hipercolesterolemia o el estreñimiento. Los obreros tenían el cuerpo. Esa era su riqueza y su fuerza. Su única riqueza y su única fuerza. La sensación de fatiga en los músculos de los brazos y de las piernas estaba en relación proporcional con la importancia del cuerpo en sus vidas, con la admiración por el fútbol y la fuerza física, con el “Amor de madre” inscrito en el pecho o en los bíceps, con la sexualidad y la capacidad de aguante de carajillos, copas de coñac y cajetillas de tabaco.
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Cuentos, Relato

Recuerdos de muñecas

Por , en 26 de agosto de 2009

Recuerdos de muñecas…

Aun recuerdo ese día como si fuera este mismo momento, lo vi entrar por la puerta como todos los días. Era mi padre, con su paraguas estilo ingles, su piloto y su sombrero gris; digamos todo su equipo para un día de lluvia.
Solo hubo algo que no encajaba, una caja envuelta en papel madera; como si fuera una encomienda.
Le pregunte que era y no obtuve respuesta, o si, un beso en la frente.
Los días pasaron y olvide todo lo que ocurrió esa noche.
Contaba en ese entonces con nueve años y faltaban días para mi décimo cumpleaños.
Mis padres como cada año me organizaban una fiesta, pero me dijeron que esta seria especial por ser mi primera década junto a ellos.

También recuerdo que no faltaría mi tío, ni mis dos mejores amigas Diana y Sofía, mucho menos esas dos tías solteronas que pellizcaban mis mejillas, cosa que odiaba claro.
Lo que tampoco faltaría eran los regalos que eran siempre muñecas de porcelana, desde muy pequeña fui adepta a ellas, las amaba y a pesar de ser muy niña era una ávida coleccionista.
Mi casa estaba repleta de ellas, sobre la chimenea, en el comedor e incluso en la cocina. Cabe aclarar que mi grupo selecto estaba en mi habitación. Pero había dos que eran mis predilectas por ser parecidas a mis dos amigas.
Físicamente iguales, Diana de pelo color rubio perlado, con ojos celestes como el Mar Caribe igual a Diana claro y Sofía, igual a Sofía, de pelo rizado y negro y sonriente eternamente.
Un cumpleaños mas un batallón mas de muñecas nuevas
Todas distintas y hasta únicas.
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Policíaca, Relato

El editor, primera parte

Por , en 26 de agosto de 2009

Tras su estancia con Julia en Lisboa, Federico intentó concentrarse en el trabajo. No fue fácil. A sus manos llegaban innumerables manuscritos de baja o nula calidad literaria que él debía evaluar para su publicación. Aquella mañana tenía en su mesa un texto extraño; freak o friki, como dirían sus hijos. María, una de sus mejores colaboradoras, se lo había enviado con el consabido informe: “Temática comercial, aunque con un estilo pobre. No se observa un dominio de las técnicas literarias y su valor narrativo es más que discutible. Otro producto del tipo simulacro de autobiografía”. Era una historia más de las tantas que llegaban a la editorial en los últimos años. En la era de la globalización se consideraba rupturista disolver las fronteras entre realidad y ficción, de tal manera que el lector se cuestionase si se hallaba ante una fábula o un testimonio biográfico. El truco era jugar con la confusión y convencer al lector de que estaba siendo espectador de una venganza narrativa poblada de seres que habían provocado afrentas y sufrimientos tan reales como las tormentas o los huracanes. Aquella novela era más de lo mismo; sin embargo, llevaba este extremo hasta sus últimas consecuencias. Una vez finalizada, el lector debía contactar con el protagonista en una dirección de correo electrónico y dialogar con él. El personaje principal, por boca del autor, continuaría ofreciendo datos sobre el relato, sobre situaciones comprometidas, sobre sentimientos que la disciplina del texto o el lenguaje narrativo, siempre incompleto, habían impedido expresar.

En términos comerciales no estaba claro si la novela podía ser un desastre o un buen producto. ¿Quién no había sentido cierta sensación de vacío al acabar una historia? ¿Quién no había querido alguna vez dialogar con el protagonista y prolongar esa extraña combinación de placer e inquietud que nos inunda cuando una narración toca a su fin, como si fuese el anuncio de la muerte, de la propia finitud? El deseo de dilatar el relato era una realidad tan universal como la insistencia en prolongar nuestra vida, nuestro protagonismo, nuestra existencia.

Federico divagaba en estas nebulosas mientras tomaba el primer café de la mañana. Debido al embotamiento matinal o a la necesidad imperiosa de un cigarrillo, su olfato comercial, certero en algunos momentos, no parecía prestarle la ayuda necesaria. Para resolver sus dudas releyó una vez más la primera página del manuscrito.

Estimado lector:
Esta narración no es una novela. Si empiezas a leer este texto hazlo hasta el final. No me vengas con compulsiones ansiosas o picoteos consumistas. No devores estas páginas como si fuesen cacahuetes o palomitas que luego defecas sin deglutir. Piensa que ésta no es una fábula elaborada para tu disfrute de consumidor, sino una demanda de ayuda. Si no te gustan las normas del juego vuelve a ver la televisión y sigue adocenándote. Si finalmente este relato se convierte en un libro y lo estás leyendo de pie en una librería, en un aeropuerto o quién sabe dónde y no estás seguro de lograr completarlo, no lo compres, no continúes; devuélvelo al silencio donde descansan los testimonios de tantos seres insignificantes.

Federico resopló con irritación. No tenía mucho tiempo y se estaba entreteniendo con un manuscrito absurdo, con toda probabilidad redactado por algún escritor novel desesperado que ya no sabía cómo llamar la atención. Tenía una reunión a las 11 con Joaquín, el director de promoción, y a las 12 la visita de Leandro Hull, un conocido escritor de novelas de asesinos en serie con gran éxito de ventas. Más tarde, a las cuatro, debía dar cuentas a la directora del grupo sobre el último ejercicio semestral. Sin embargo, y con sorpresa para sí mismo, siguió leyendo.

En cambio, si lees esta historia de principio a fin te ruego que envíes tus comentarios.. Ten la convicción que responderé a tus mensajes; aunque todo dependerá de mi ánimo, de si ese día dispongo de suficientes energías para levantarme de la cama, para comer, para conectar el ordenador, para leer, para escribir, para vivir. Es posible que el texto te agrade o por el contrario que me maldigas por haber perdido tu tiempo. Tu nivel de implicación dependerá, como es obvio, de tu propia vida. Algunas veces te sentirás identificado conmigo y otras encontrarás absurdo mi comportamiento. En ocasiones pensarás que mis vivencias no tienen lugar ni sentido en un mundo tan ordenado. Otras veces te sentirás en mi piel. Ese será tu papel, ser sin ser.

Federico oyó el timbre del teléfono. El sistema telefónico de nueva generación incorporaba un sonido metálico y cantarín que, sin saturar el ambiente, se hacía omnipresente. En aquel momento pensó que los cambios en la tonalidad de los timbres telefónicos mostraban muy bien el paso del tiempo. Antes el sonido era agudo e insistente, con intermedios de silencio prolongados que permitían fabular sobre el origen e intención de la llamada. Las películas de Hitchcock habían hecho un uso frecuente de este recurso, aumentando los intervalos de silencio y de esta forma el suspense. Ahora, en cambio, los timbres eran fríos y compulsivos; expresaban automatismo, premura y una emocionalidad congelada. Federico se sintió incómodo por distraerse en estas disquisiciones de buena mañana y por trasladar a los cambios tecnológicos sus propias transformaciones interiores y descolgó el teléfono. Respondió con un seco “¿si?”, pues una luz en el aparato le indicaba que se trataba de una llamada de la propia empresa.

-Federico -escuchó al otro lado-, Joaquín no podrá llegar a las 11 porque se encuentra en un atasco. Es por la manifestación contra la guerra. Me ha pedido que te informe.
- Bien, bien, de acuerdo Berta -respondió él. Pensó ¡Mierda!, pero no se atrevió a pronunciarlo. A veces tenía la sensación que la jornada se convertía en una carrera de obstáculos desde la mañana hasta la noche, cuando llegaba a casa y le esperaba un dulce hogar.

Hacía tiempo que su vida era anodina. En teoría su existencia era feliz, al menos según los cánones que le habían transmitido y que él mismo intentaba reafirmar ante los demás con sospechosa insistencia. Estaba casado con Laura y tenían dos hijos. Ella era profesora de literatura en un instituto y tenía más tiempo que él para cuidar a los pequeños monstruos. Los fines de semana iban a su pequeña casa en el campo, disfrutaban de sus hijos o salían a pasear por la playa. El apartamento de la Villa Olímpica en donde vivían ya estaba casi pagado. Hacía seis meses que había comprado el coche de sus sueños, un Mantra Aventure con tracción a las cuatro ruedas y un interior confortable con el que podía conducir por pistas forestales, cargar todo tipo de artilugios para las vacaciones o jugar al parchís en su interior. Los niños estudiaban en el Liceo Francés. Probablemente a los veinticinco años hablarían cinco idiomas, tendrían dos títulos universitarios y estarían preparados para afrontar el futuro laboral con éxito. Muy diferente había sido su formación, y la de Laura. Los dos eran licenciados en filología hispánica y se habían visto obligados a luchar como posesos para llegar a su estatus actual.

A menudo, Laura y él se habían sentido nadando contra la corriente junto a una multitud de diplomados con un título tan interesante como devaluado en el mercado de trabajo. Después de tanto esfuerzo Federico se sentía exhausto y vacío. Cuando llegaba a casa por las noches, Laura no cesaba de hablar de las necesidades de los pequeños, de las cortinas nuevas, de la compra del supermercado, de las estanterías que él debía instalar en el estudio el próximo fin de semana, de sus padres ya mayores y achacosos y de las próximas vacaciones. El hacía esfuerzos por mantener la conversación, pero generalmente se sentía demasiado cansado y apático para disimular. A veces le inundaba un deseo repentino de follársela en el sofá del comedor o en la cocina o en el pasillo, pero al final acababa venciendo el tedio.

La última vez que se la folló, en verdad no la última, pero sí la que guardaba en su recuerdo corporal, fue el último fin de semana, cuando recibieron la visita de los padres de ella. Durante aquella convención familiar, y mientras los niños insistían en matar a Bin Laden en el nuevo juego de ordenador, él la llamó desde el baño con la excusa que la cisterna no funcionaba. Cuando ella entró en el lavabo se miraron fijamente a los ojos. Él sabía que el buen sexo se elabora como la buena cocina, con suavidad y firmeza, con delicadeza y energía, con insistencias y sorpresas, con contención y desbordamiento. Federico deslizó la mano hacia su pubis y sintió la humedad y el cosquilleo del pelo crespo en la palma de su mano derecha y, en su reverso, la presión del elástico. Laura, visiblemente excitada, se bajó las bragas, él la subió a horcajadas y la penetró con fuerza. Bajó la tapa del water y se sentó con ella encima. La atrajo hacia sí cogiendo sus nalgas y moviéndose de forma acompasada mientras lamía sus pezones y besaba su cuello. Cuando llegó la descarga orgásmica, que por suerte fue simultánea, ella tiró de la cadena una y otra vez. Las endorfinas se desbordaron como el agua de la cisterna busca su curso natural. Volvieron a la reunión familiar disimulando con una conversación sobre la incompetencia de los fontaneros y la carestía de la vida. En la habitación, los pequeños monstruos discutían entre ellos por defender su turno de juego mientras una imagen animada de Bin Laden, con una herida en el pecho, veía con expresión de derrota cómo se desprendía su barba y su ropa. Bin Laden se quedaba desnudo, tapaba con sus manos su pene minúsculo y desaparecía corriendo por las montañas de Afganistán hasta que su figura era un pequeño punto en el horizonte.

En esta bruma de sensaciones y recuerdos se encontraba Federico cuando Berta entró en su despacho:

- Federico, Joaquín sigue en el atasco y me temo que el Sr. Leandro Hull se encuentra en la misma situación. Me acaba de llamar desde su móvil, pero se ha cortado la comunicación. He oído un sonido de fondo que parecía de unos manifestantes.
- Muchas gracias Berta, a ver si al Señor Hull se le están manifestando los serial-killers y no nos va a entregar su última novela.

La secretaria sonrió de manera forzada y él se arrepintió de inmediato de su estúpida broma. Quizá para huir de sí mismo dirigió su mirada al manuscrito y simuló leer con cara de hombre atareado.

- Bien, bien, Berta, mantenme informado -llegó a decir mientras la puerta ya dibujaba una ausencia.

Enfrente tenía de nuevo el maldito manuscrito y toda la mañana por delante, si es que no la tarde, porque Elda Afilador, la directora del grupo editorial, también podía “atascarse” en algún lugar insospechado. Dadas las circunstancias, podía optar por jugar al solitario en el ordenador, pelársela o hacer su trabajo.

This post was submitted by Angel Martínez Hernáez.

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