Entradas de julio de 2009

Relato

Sueños desmoronados

Por , en 7 de julio de 2009

Sus sueños se habían desmoronado, todo por lo que había luchado y había creído.
Desde hacía una década ya no había más incidentes pero aquello no cuadraba.
Ese miserable del rey Warhl había mandado asesinar a su padre y probablemente haría lo mismo con su hermano. De no ser así, Theron era joven, débil i bastante frágil; si no le mataba el hambre, le mataría la sed, y si esta no lo hacía las frías tierras del norte donde se dirigían, puesto que los cascos del caballo habían marcado la senda por donde los jinetes habían partido, le ya se encargarían de terminar con la vida de aquel joven muchacho, temerario y sediento de aventuras.
De no fallecer por ninguna de esas circunstancias, esos malditos guardias le matarían y lo dejarían colgado de un árbol, como en tiempos pasados.
Ese pensamiento le hizo estremecerse y desmoronarse en el suelo, y acto seguido arrastró la fina tela que residía tranquilamente sobre la mesa tirando así todos los platos, rompiéndose en mil pedazos, y su contenido.
Pero de todos modos que importaba todo aquello, estaba solo en un mundo que no tardaría en volverse oscuro y cruel; otra vez.
Se fue corriendo a los establos, donde residía uno de sus más fieles amigos, Habla, su yegua.
La ensilló, acariciándole la zona del dorso y los riñones, se aseguró de que las cinchas estuvieran ajustadas y los estribos perfectamente colocados.
Normalmente Nomand montaba sin silla por el prado y el bosque pero, dado que recorrería una larga distancia hasta Drhian, debía asegurarse que tanto él como su compañera de fatigas estuvieran cómodos.
Se subió al caballo y empezó a galopar hacía el este. Los jinetes no tenían experiencia suficiente, ni sus caballos eran tan fuertes como para ascender la montaña aunque esto les ahorrara dos días de viaje. Habían partido hacía el norte para rodear la montaña y así llegar enteritos a Drhian pero, para entonces, Nomand estaría allí.
Las primeras horas las pasó atravesando un gran lago de agua turbia aunque de un color claro muy apetecible, que invitaba a bañarse si hubiera sido en otra ocasión.
Habla conocía el terreno y sabía que ruta debía seguir, y puesto que Nomand se había quedado dormido prosiguió siguiendo la senda marcada en la montaña.
Cuando el chico despertó se incorporó de inmediato, sorprendido por la astucia de su yegua y lo mucho que habían recorrido ya.
Al norte se divisaban los montes Daynsa, que daban el nombre al pequeño reino que protegía sus bosques.
Se pararon a una pequeña taberna para forasteros en la entrada del reino.
Todas las casas estaban construidas en perfecta armonía, en madera de roble y piedra de las canteras del norte.
En las puertas, ventanas y ventanales que residían en las casas, crecían todo tipo de flores: magnolias, perigonios, claveles, margaritas… Creando así, en la calle descendiente, un efecto de luz y color fascinante.
Pero al entrar en la taberna, todo cambió, el aire se tornó molesto a causa del humo del tabaco, la sala estaba prácticamente a oscuras a causa de la ausencia de ventanas y solo iluminaba la barra la pequeña luz incandescente de una vela.
La mayoría de personas que había allí eran hombres, sucios, escandalosos y resentidos. Solo había tres mujeres, no muy jovencitas aunque hermosas, escasas de ropa.
Era una estrategia bastante buena que casi siempre funcionaba; al poner una mujer de esa forma delante de esos borregos, se olvidaban de pelearse.
La voz ronca del camarero devolvió a Nomand a la realidad.
- Chico, tendrás que irte, esto está lleno- le dijo empujándolo hasta la entrada, pero una de las mujeres que estaban allí le cogió del otro brazo.
- Vamos, cielo, pasa deja a este malhumorado y siéntate.
Un hombre viejo, canoso y de aspecto fuerte, le clavó sus ojos azules y profundos en los suyos.
Pudo leer en un segundo su historia, y ver que se acercaba el preludio del fin, un fin que estaba más cerca de lo que el chico imaginaba, un fin que le espiaba desde cada esquina de aquella mohosa habitación.
En un momento las piernas le fallaron y cayó desplomado al suelo, donde todos sus problemas se sumieron en un sueño profundo y tranquilo.

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Cuentos, Relato

Luz y oscuridad

Por , en 6 de julio de 2009

En la casa había varias habitaciones, pero una era especial,
tenia una sola ventana que permanecía siempre cerrada, nadie
entraba allí.

Oscuridad vivía feliz, y sentía que era poderosa, hasta el
díaque escucho una voz, a través de una rendija:
“Oscuridad, escucha…, soy la Luz, me llamo Sol, tengo poder infinito, debes conocerme”…
“Retírate, no quiero conocerte, yo también soy poderosa”
respondió.
Y un día, la ventana de ese cuarto se abrió, y el Sol entro
radiante, triunfador, y alcanzo a ver como Oscuridad languidecía…
“Ya ves”, le dijo, “tu vida es muy fragil, no es mas que
ausencia de Luz.

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Relato

Sin remitente

Por Manuel Murcia Gomis
Por , en 5 de julio de 2009

Yo soy el prisionero que escapó de la caverna. Desde mi nacimiento he permanecido encadenado cara a la pared, contemplando en ella las sombras de mis captores. Sombras mentirosas, en forma de esperanza, en cuyas promesas creí. Pero me dieron tantos palos que sin pretenderlo rompieron mis cadenas, me liberé y contemplé el fuego tras de mí. Fuego de la hipocresía, culpable de proyectar las sombras. Caminé por el túnel del desengaño, hasta alcanzar la luz. Ahora, al borde del umbral, soy consciente: la moral y la justicia no son más que entelequias, su existencia se limita a la imaginación humana; pero la imaginación es la pared donde se proyectan las sombras. El mundo es una cueva, y la única verdad quizá la muerte.

Tal vez nunca llegues a leer esta carta. Quizás se extravíe por el camino, o ya no viváis en la misma casa; tal vez tu madre la intercepte antes que tú, o tal vez nada más intuir quien soy no quieras seguir leyendo. O puede que seas demasiado joven para entenderme, aunque algún día lo harás, pero al menos a mi me servirá como desahogo.

No te escribo en busca de auxilio ni de perdón, sino para prevenirte sobre los infortunios de la virtud. Este consejo será la única herencia que te pueda legar: la verdad es que el mundo no es para los piadosos, ni tan siquiera para los sabios, ni los fuertes, ni los intrépidos. Son los malvados y los corruptos los destinados a dominar el mundo, pues ellos juegan con ventaja; no permiten que la moral les limite.
He sufrido mucho antes de llegar a esta conclusión, y quiero compartirla contigo por si puedo ahorrarte el mal trago. El amargo sabor de la desilusión que se quedará por siempre en tu paladar cuando toda esta ignominia, a la que llamamos vida, te desilusione igual que a mí.
Por un lado estoy decepcionado con la propia existencia, con los poderes que gobiernan nuestro universo; llámalo naturaleza, Dios, leyes de la física, o como quieras. Y por otro lado, y más concretamente, estoy decepcionado y muy enfadado con los hombres; y no me refiero exclusivamente al género masculino.
Con los dioses o la naturaleza no puedo enfadarme, ni culparles de nada, ya que no creo en ellos. Ni la fortuna favorece a los audaces, ni existe la justicia divina, ni ninguna inteligencia todopoderosa lo organiza todo según un plan: por el contrario, las leyes que gobiernan nuestro universo son arbitrarias y ajenas a la voluntad humana. La vida no tiene ningún sentido, simplemente estamos aquí por casualidad; somos un accidente y el azar nuestro único y legítimo Dios.
Dejé de creer en Dios cuando tu abuelo murió siendo yo adolescente, o al menos me volví agnóstico. Mi ruptura con lo divino no me supuso ningún trauma, pero el día que dejé de creer en el ser humano fue mas duro.

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Humor, Relato

Como llegué a casarme

Por , en 5 de julio de 2009

No tuve mas remedio que casarme por lo civil y luego por la Iglesia lo que me llevó a pagar dos banquetes de boda. La conocí por casualidad mientras atendía a los clientes en una barra. Ella iba medio desnuda dándo cabriolas mientras una legión de fans masculinos aplaudían borrachos su pericia pero sobre todo su plasticidad y su sensualidad intelectual.
Después de conocerla mas profundamente en el viejo Motel de la Gasolinera, me enamoré de ella como un colegial a punto de descubrir que los granos de acné no son producto de suspender en Matemáticas. Ella se enamoró de mi VISA y así fuimos felices hasta que un maldito día de primavera el ginecólogo descubrió que estaba embarazada y que por eso vomitaba cada vez que comíamos frijoles con hamburguesa. Lógicamente le cambió la dieta alimenticia y le suprimió los frijoles.
La naturaleza es sabia, solo le da desgracias a quien ya está acostumbrado a ellas, pero sobre todo a quien no puede pagarlas.
Durante la época del embarazo descubrí que los cuerpos de las mujeres son inestables y problemáticos. – A que me ves guapa?, era su pregunta predilecta. Claro, claro. Mentía yo mirando una revista de motos.
El niño apareció sin avisar y con una sorpresa debajo del brazo. Era negro como el carbón. La enfermera que lo llevaba en brazos me miró un par de veces de la cabeza a los pies y luego sonrió la muy hija de puta. Todo el malestar que sentía quedó aclarado el día que me enseñó el album familiar. Tenía un bisabuelo negro que fue esclavizado para recolectar algodón desde África hasta que la lepra lo liberó de este Mundo.
En el club donde la había conocido no la echaban de menos, lo supe por la carta de despido sin recomendaciones que recibió el día que salió del Hospital. El niño parecía cada vez mas sano, justo todo lo contrario que mi tarjeta VISA.
Ella parecía feliz de volver a comer frijoles y yo contento de verla engordar aún mas. El médico le dio el alta la misma mañana que me entregó la baja por depresión. No sabe usted lo que corre un niño negro, le dije. Me miró como se mira a un racista de mierda y me deseó suerte.
Después de tres meses de discusiones y de un gatillazo, se plantó en el mármol de la cocina obligándome a ver sus manos agrietadas por la lejía y sus uñas vacías de todo color. Y me dijo con cierto tono apocalíptico: vivimos en pecado!. Y tuve que casarme.

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Relato

ÉCHALE LA CULPA AL PÓKER

Por , en 4 de julio de 2009

Los rigores del verano en Madrid son incomparables. Ya sabes que hace mucho calor en esta época por aquí. Quizás sea el asfalto, o la polución; tal vez el calentamiento global; realmente no lo sé. Pero entonces llega, y la temperatura se dispara directa al cerebro, como una droga dura que te enloquece. Por eso todo el mundo quiere irse a otro lugar; la gente no aguanta la ráfaga de aire seco que sopla en la meseta, más aún si ésta se arremolina entre los tubos de escape para asfixiarte las narices con el olor de alquitrán recalentado.
No te confundas. Siempre es duro vivir en Madrid; lo que marca la diferencia es que ahora los pringados se van, y entonces nos quedamos los chungos a nuestro aire. La gentuza, como tú o como yo, vivimos aletargados en nuestros agujeros para no incomodar, y que nadie nos achuche los negocios; pero no nos gusta, porque tenemos la sangre caliente y el cuerpo nos pide marcha. Y como un milagro, llega el sol, barriendo las calles sin perdón; y la ciudad se queda vacía; entonces, como bichos malos, nos adueñamos poco a poco de los rincones más céntricos y oscuros de la noche madrileña. Asomamos los hocicos de rata, y ya sabes que somos de gatillo fácil. Nueve meses de invierno y tres de infierno; salimos los diablos
El sábado fue un día especialmente cruel; creo que lo catalogaron como el día mas caluroso del año; pero a mí las estadísticas me importan un pepino porque vivo apegado a la realidad de la puta calle, y allí no llega el hombre del tiempo y sus telediarios. Lo que sí pude observar es como el pavimento ardía y difuminaba el horizonte con aquella bruma bailona; y esto te hace pensar; y pensé que aquel día el calor se podía oler; uno nota como el tufo se introduce hasta las fosas nasales, para terminar de quemarte la desgastada pituitaria con el olor del azufre madrileño. Por aquí debajo debe andar algún demonio burlón y con muy mala leche.
A eso de las tres del mediodía me llamó Franki; quería verme lo antes posible para hacerme un encargo. Quedamos en la Sirena Verde.
A las siete de la tarde estábamos en una terraza tomándonos unos chupitos. Franki sudaba como un cochino con su elegante traje de lino. Que mamón. Todavía lo recuerdo, con sus aires decadentes y esa delgadez extrema provocada por la heroína, con la cara perlada y bebiéndose un tequila detrás de otro. Entonces, después de charlar un rato de tonterías, me miró fijamente con los ojos nublados por el alcohol y los tóxicos, las pupilas luchando por no desaparecer en el extraño universo de su ojo, y apuntándome con sus afilados pómulos me lo contó:

- Miguel nos debe alrededor de veinte mil euros. Lo que tienes que hacer es cogerlo y llevarlo al piso de Vallecas. Mañana voy yo con mi gente y le ajustamos las cuentas.
- ¿El Manco? Coño. Que nos hemos criado con él, Francisco.

La retina de mi compadre brillaba de una forma extraña. Su mirada febril se mimetizaba a la perfección al contraste de la palidez extrema que decoraba toda su cara. Mirando las gruesas gotas de sudor que caían sobre su frente pensé que Francisco era una parte más del decadente mobiliario que componía la siniestra fauna que rodea la ciudad en verano, y entonces sentí como una bocanada de aire caliente barría la acera sin piedad y me abrasaba todo el cuerpo. El sol seguía sin ceder un ápice de su doloroso bochorno, y algunas nubes empezaban a cubrir el cielo para sofocar más aún el ambiente. Y seguí pensando que todos éramos una siniestra estampa madrileña estival, de esas que no se venden en la Plaza Mayor. Una postal estúpida de nuestra propia vida; Francisco, El Manco, yo, los tres transitando en la instantánea con una ridícula máscara de sonrisa. Mientras daba pequeños sorbos a mi bebida, y miraba como Franki se envenenaba, recordé, de manera nítida y precisa, nuestro tiempos de juventud; de cuando los tres compartíamos ilusiones y juergas. Sin duda, Miguel siempre había sido el más inteligente.
Entonces volví a oír su voz:

- ¿Cuánto os apostáis?

Los rayos caían verticales aquel mediodía de ese otro verano, veinte años atrás. Ante nosotros se encontraba la torre de luz eléctrica. Un día cualquiera, pensé mientras bebía y recordaba; qué nos apostábamos; vaya manera burda y estúpida de anunciar una tragedia.

- ¿Cuánto os apostáis?

El día que Miguel se quedó Manco habíamos fumado unos porros y bebido más cerveza de la cuenta. Recuerdo que hacía mucho calor, el maldito calor de nuevo; el mediodía transcurría solitario, era esa hora donde sólo un adolescente puede aguantar, en el descampado de nuestro barrio, a pleno sol, mirábamos la torre de alta tensión.
El asunto era sencillo; se trataba de subir y demostrarnos porqué los pájaros no se quedaban electrocutados. Miguel subió y el asunto no salió bien. Al tocarlo, los pies apoyados sobre los raíles de la torreta, la descarga le atravesó. Todos pudimos ver como su cuerpo se contorsionaba hasta quedar inmóvil, colgando como un peluche sin vida por las piernas, entre los hierros, durante unos segundos.
Lo miramos en silencio, estupefactos. Después cayó al suelo y se golpeó con un ruido seco y sordo.

- ¿Cuánto os apostáis?

Sí. Había sido realidad. Miguel se había encaramado a la torre, había subido, y una vez arriba, de manera inverosímil, había tocado el cable de luz. Y se quedó Manco.

- ¿Cuanto os apostáis?

- Que le vamos a hacer. El Manco siempre ha sido un fullero, y esta vez se ha pasado. Siempre ha sido un listo. Acuérdate Luís. El juego le pierde, y ahora encima le pega a la coca que no veas.

Vaya ironía sórdida oír comentar aquellas palabras a Franki.

- Llévate a Pirras y a Salva para buscarlo.

A mí, el manco siempre me ha caído bien. Lo que pasa, es que ya me había engañado un par de veces, y andaba con ganas de pegarle un par de ostias sonoras.
Así, el encargo no me iba mal; a la medida de mis rencores pasados.

Rondarían las diez y pico de la noche cuando empezamos a buscarle. El auto deambulaba distraídamente por las calles, picoteando de manera aleatoria en todas las esquinas que considerábamos susceptibles de darnos una pista. La luz del atardecer iba retirándose a los tejados de los edificios más altos, mientras las sombras empezaban a arrastrase por las calles y a repartir vetas de oscuridad entre las aceras y los portales. El calor seguía en pie de guerra, y allí arriba, en el cielo, las nubes lo cubrían todo; la efímera luz que moría estaba acompasada con una extraña pátina de color grisáceo, y de vez en cuando, resplandores silenciosos restallaban en el horizonte, emitiendo amenazadores rayos.

- Va a llover

Si tuviera que describir a Salva, simplemente diría que era un tipo muy grande; aunque también podríamos definirlo de otra manera, diciendo que albergaba un cerebro muy pequeño; pero eso no interesa a nadie, pues su tamaño y fuerza le permitían comer, pero su inteligencia sólo le servía para perder dinero; y así era realmente, porque todo lo que ganaba aplicando el ejercicio de sus músculos, lo gastaba en putas y cachondeo, y por eso siempre andaba pelado de dinero.
Pirras, sentado en la parte trasera, asintió con la cabeza, y su nariz aguileña y sus ojos saltones de judío me recordaron, por momentos, al pico de un loro moviéndose arriba y abajo. Estaba claro que más tarde o más temprano llovería. Aun así, la tormenta no terminaba de llegar, y el continuo relampagueo en el cielo, acompañado de la llegada de la noche, no hacía más que acrecentar la sensación térmica, con la humedad caliente y pegajosa que se impregnaba en el aire, y el aire que se pegaba a nuestras ropas.

Vaya pareja; siempre se les veía juntos. Últimamente me estaba tocando trabajar con ellos en todas las tareas que me precisaban. La organización confiaba en ellos, dado que eran efectivos y obedientes en sus encargos, y se había decidido que formaran parte de mi equipo, por orden de Francisco, que los conocía bien. No es que fueran unos lumbreras; en ese aspecto eran más bien limitados, pero, para estos trabajos, – y me refiero a llegar, ver y pegar – , lo ideal es precisamente tener a alguien que no piense demasiado. Los inteligentes siempre terminan siendo un problema, como el Manco; empiezan haciendo el trabajo demasiado bien, y acto seguido prefieren volar alto, o te vienen con algún jodido problema de conciencia, o tratan de liarte y engañarte, – como el Manco. Es decir, no respetan el orden establecido, y eso, en nuestro mundo es muy importante; porque seremos unos chorizos y unos mangantes, y hasta podrías llamarnos sinvergüenzas, pero de lo que no hay duda es que respetamos un orden establecido. Al que se atreva a saltarse la ley hay que ponerle las cosas claras; si hace falta a base guantazos. Faltaría más.
Con estos dos, el gordo y el flaco, las normas se respetaban escrupulosamente, y el trabajo salía bien; sin filigranas pero efectivo.

Nos dirigimos al barrio de Lavapies. Se estaba levantando un viento incómodo, preludio sin duda de la tormenta que estaba por llegar. Densos remolinos de polvo revoloteaban cuando atravesamos la plaza en dirección a la calle de Argumosa. La noche ya había llegado, y empezaba a encenderse la iluminación eléctrica. Pude observar como a nuestro paso las luces de las farolas titilaban entre la polvareda, resaltando de forma débil el largo vuelo circular de la basura, aireada por la inestabilidad atmosférica, que se estaba convirtiendo en una especie de vendaval.

El Tucos es una taberna miserable que se encuentra a pie de calle, en la Ronda de Valencia. Cuando entras, lo más seguro es que el olor que emana desde su interior te haga desistir del intento, pues es una mezcla de colonia de puta barata combinado con orines de un atascado w.c., que se encuentra a mano derecha del vestíbulo de entrada. Si aun así decides pasar, sólo podrás ver diez metros cuadrados de podredumbre, que es de lo que se compone el salón central. Frente a la barra encontrarás algunas mesas metálicas repartidas, normalmente decoradas con decrépitas mujeres de mediana edad y algún que otro jubilado borracho.
El Manco se apoyaba en la barra, con las piernas cruzadas, y bailándole la cadera de un lado para el otro, como sólo lo hace una persona cuando está borracha perdida; hablaba con una de las pelanduscas del lugar, a la que el Salva invitó cortésmente, de un delicado empujón, – que la mandó dos metros más allá – , a que nos dejara mantener una conversación a solas con nuestro conocido. La niña captó la explicación rápidamente, y, con una estrepitosa risa, que mas me pareció el graznar de un pajarraco, se retiró de la escena meneando el culo con chulería.

- Que pasa Manco, vamos a dar un paseo

El Salva le cogió por el brazo, yo creo que más fuerte de lo debido, porque el manco puso cara de molestia e intentó retirarlo de las tenazas del gordo. Como observé que se revolvía un poco, me levanté el faldón de la blusa y dejé al descubierto la culata de la pistola que tenía en el bolsillo del pantalón. A partir de ese momento el chaval se portó bien; no hubo que darle ninguna ostia de bienvenida. Ya en la calle, al ir a montarnos en el coche, la tolvanera nos envolvió de manera violenta y pude observar, al levantarse el faldón de la blusa hawaiana del Gordo, que éste llevaba la pistola calzada entre los riñones.

- Salva, que cojones haces con la pistola ahí.

El gordo me miró con sus ojos de pez, y sin hacerme ni puñetero caso, me dice bromeando:

- Pim, pam, pum

Cuando llegamos, la casa estaba cerrada a cal y canto. El interior estaba sobrecargado por la falta de ventilación. Pirras se encargó de abrir todas las ventanas del sitio, que no eran muchas, pues el apartamento no tiene más de 30 metros cuadrados, repartidos en un saloncito, baño y cocina americana, la cual abre su espacio a la habitación central a través de una amplia ventana lateral. En el salón hay una mesa redonda de camilla de tamaño medio, de esas que utilizan las abuelas para alojar el infiernillo entre las piernas.
Afuera, en la calle, empezaron a retumbar los truenos; al principio se los oía lejanos, pero de manera gradual fueron aumentando su volumen, hasta que al final empezó a llover sin concesiones.

- Joder, como llueve.

Una vez que nos apoltronamos en el piso, el día siguiente fue llegando demasiado despacio. Los cuatro empezábamos a estar un poco hartos de esperar a Franki. Una casa tan pequeña no está hecha para que uno se mire la cara y nada más. Para terminar de desesperarnos, el jefe llamó para decirnos que llegaba el lunes.
La situación era ésta, nos quedaba un día y medio de espera; el asunto iba a resultar tedioso. Alguien habló, no recuerdo quién, de echarnos unas partidas de cartas.

- Yo tengo una baraja de poker – nos exclamó jovial el manco, así como quien no quiere la cosa, y se sacó, de algún extraño bolsillo interior de sus ropajes, una impecable baraja de cartas.

Por eso nos pusimos a jugar al póker. Para pasar el rato.
Nos compramos unas botellas de whisky, nos sentamos en la mesa del pequeño salón, – la escasa luz de la bombilla que cuelga del techo nos iluminaba la cara como si fuéramos draculines- , colocamos la bebida a mano, en la repisa de la ventana lateral que existía entre la cocina y el salón, y empezamos a jugarnos los cuartos sin contemplaciones. Así fueron pasando las horas de manera más amena.
Al principio todo marchó bien, las primeras jugadas del Manco con escaleras las achacamos a la suerte. Luego después el mancó siguió sacando fules, y poco a poco, según pasaba la noche del sábado, entre vaciles y sorbos, nos fuimos dando cuenta de que el Manco nos estaba desplumando. A eso de las cuatro de la madrugada, con los Rolling Stones de música de fondo, el asunto ya no nos hacía ninguna gracia. Ya no había vaciles, pero sí muchos sorbos. Todos estábamos muy borrachos para darnos cuenta de que el manco hacía trampas. Y además, aunque fuera así, que más daba, si no iba a poder salir de allí con nuestro dinero. Afuera, la lluvia empezaba a amainar, los gruesos goterones que caían de los alféizares habían sustituido a las cortinas de agua que habían estado cayendo hasta el momento; la sinfonía de rayos y truenos tan sólo era ya una letanía que se oía lejana como sonido de fondo. Una ligera brisa fresca penetró hasta el comedor y acarició las cartas que teníamos sobre la mesa; la luz de la luna se asomó por la ventana del comedor, desde el patio interior de la corrala.

- Manco, y tú cómo te crees que vas a salir de aquí con nuestro dinero.

Y el Manco se reía. Y yo alucinado, mirando a Salva echar espumarajos por la boca y cagarse en todo, y el otro vacilándonos.
Recuerdo que se había acabado el whisky y Salva se levantó. No sé como ocurrió, pero el Manco le quitó la pistola de la cintura, a la que el otro se giró para coger la botella. Allí nos quedamos los tres muy quietecitos, mirando el cañón de la fusca, y a mi sólo se me ocurría pensar, mientras me cagaba de miedo, como cojones un tío con una sola mano había podido quitarle la pistola a un maromo como Salva, sin haber soltado las cartas con las que nos estaba desplumando.

- No hagas tonterías Manco

Todo ocurrió muy rápido. El Pirras le tiró encima una de las sillas de una patada y el mancó le disparó a bocajarro. El Salva saltó, pero Miguelito el Manco ya se había volatilizado por la puerta de salida, porque sería manco, pero de piernas no veas como corría.
El Salva y yo hicimos un intento por seguirle, pero no estamos entrenados para los cien metros lisos, así que nos volvimos al piso para ver la operación de cirugía estética que el Manco le había hecho a nuestro colega.

El Pirras ya estaba muerto para cuando llegamos. Nos dio mucha pena, pero vamos, las mariconadas se las dejamos a mi abuelita. El manco le ha había dejado un pequeño recuerdo, entre los hombros y el ombligo, con forma de agujero. El cuarto estaba un poco sucio, por lo que nos pusimos a hacer limpieza. Yo me encargué de insultar a Salva, y este limpió la moqueta y pasó el aspirador. Mi parte quedó perfecta; la del gilipollas de Salva no tanto.

Después nos fuimos a dar un paseo por el vertedero, y dejamos el paquete. Por lo menos había dejado de llover, y la luna barría con su luz las montañas de desechos. Así es nuestra vida compadre, igual te lo pasas en grande con un par de putas, que terminas fiambre en un basurero, al lado de una lata de sardinas. Antes de dejar a Pirras tieso entre las ratas, le juré que iba a coger a su asesino; eso sí, lo hice con los dedos cruzados por si acaso; nunca se sabe lo que puede ocurrir.

Después de alguna cavilación y no pocos titubeos; es decir, algo así como – me cago en tu puta madre Salva de los cojones, mira la que has liado – , decidimos montarnos en el Zx y darnos un paseo por las calles de Madrid, a ver lo que veíamos o escuchábamos. Rondarían las 5 de la madrugada, por lo que nuestro paseo quedaba reducido a ciertos enclaves sospechosos, y tres o cuatro callejones de muy mala reputación.

Los bulevares estaban tranquilos; reinaba una apacible serenidad, producida por las horas de la madrugada en las que estábamos. Salva conducía a lo largo del alquitrán de la carretera. Su perfil tosco se recortaba contra la ventanilla del coche, mientras con un brazo dirigía el volante, y con la otra mano jugueteaba entre el aire y las sombras de los edificios, que bailaban en las aceras acompasadas por la velocidad de mi retina al observarlas.
Se nos ocurrió que podríamos hacer una visita a su casa. Nos plantamos frente a su puerta en un santiamén. Primeramente pulsamos el timbre, pero nos dimos cuenta que éste no funcionaba, por lo que decidimos llamar educadamente con la mano, y al observar que nadie acudía a nuestros requerimientos, decidimos por fin echar la puerta abajo con un suave toque de pié. Cuando entramos comprendimos que nadie iba a acudir a las suaves llamadas de nuestra pierna, porque vimos el cenicero humeante en el cuarto de baño, y la ventana trasera, que daba al patio, abierta. De nada valía correr ahora, conociendo la capacidad de nuestro amigo para el maratón. Estaba claro que allí no obtendríamos nada sustancioso, por lo que decidimos redecorar el apartamento con astillas, y después nos largamos.

- ¿Y ahora que?, ¿A las cocheras?

El Salva tenía razón. El único sitio andrajoso donde podríamos encontrar al Manco a esas horas era en las Cocheras de Entrevías con sus colegas. Allí se sentía seguro, rodeado de los suyos.
Aquellas naves abandonadas son un sitio poco interesante de día, pero de noche es un mojón de mierda oscura y maloliente, donde sólo se va a buscar a desechos humanos.
Aquel paraje pertenece a la RENFE. En el pasado se utilizó como almacén y taller de las locomotoras que sustentaban el transporte ferroviario de Madrid y sus alrededores. Comentan los más viejos que antes de que aquellas naves fueran abandonadas a su suerte, y a la de los yonkis y tunantes que la pueblan ahora, florecía una boyante industria de mantenimiento, que dio de comer a mucha gente del barrio.

Aparcamos el coche en las cercanías. Entramos con cautela, aunque al principio no nos pareció oír nada, pero no estábamos para muchas garambainas, y el mamón ya había acabado con Pirras, y no queríamos aumentar la lista de asesinados con nuestros propios cuerpos.
El interior es oscuro y húmedo; accedimos a una sala de pequeñas dimensiones, poblada por columnas, a través de una puerta lateral que se encuentra en el lado norte. La pobre luz iluminaba las paredes entre penumbras, asomando sus haces a través de las agrietadas claraboyas de cristal que formaban el techo de la nave.
Mientras andábamos, entre el bosque de espinazos de hormigón, pude observar que a una distancia de 20 metros la sala pasaba a abrirse en un habitáculo mucho más grande y despejado, en el que se encontraba un muelle, a modo de andén, y vías con varias herramientas viejas y oxidadas, decenas de pequeñas cadenas, algunos hierros de grueso calibre, y otros artefactos redondeados y forjados que no supe identificar con nada conocido, y que supuse sirvieron en su momento para realizar labores mecánicas.

El lugar se estructuraba en forma de rectángulo, con un tamaño de unos 100 metros cuadrados, dividido en dos zonas claramente diferenciadas; Por un lado, un cuadrado central al que se podía acceder por un enorme portalón enclavado en la parte sur que daba paso a una rudimentaria red de vías que cubrían toda la zona despejada, y por la cual se desplazaron, en su momento, las máquinas a un lado y al otro hasta llegar al puerto de reparaciones. La otra parte que componía el sitio era el cinturón de columnas de hormigón donde Salva y yo nos hallábamos, que se extendía desde la parte norte hacia este y oeste.
Al final, en el otro extremo del almacén, había dos personas.

- Que pasa Manco, cabrón

Después de toda una noche movidita, allí lo teníamos de nuevo, acompañado de su colega más íntimo; gente del barrio. Miguelito no se sorprendió en absoluto, pero su acompañante dio un respingo y se levantó. Nosotros nos mantuvimos pertrechados en la oscura seguridad que nos ofrecían las columnatas que nos rodeaban.
El Manco nos relató tranquilamente su perorata:

- Luís, por los buenos tiempos, sabes que no es nada personal. Aquí tengo el dinero, – con la cabeza señaló una bolsa de plástico arrugada – ; siento mucho lo de Pirras. Cogedlo y os vais con viento fresco. Dárselo a Franki. Yo ya estoy hasta los cojones de vosotros.

A medida que hablaba, su mano se fue deslizando bajo una chaqueta que tenía al lado. Su colega se fue abriendo hacia el sentido contrario. Mientras miraba la escena pude observar como Salva sacaba su pistola. Yo hice lo mismo y me fui acercando a una de las columnas que me cubría mejor; el cañón de mi revolver brilló en la oscuridad.

- No Manco. A mí el dinero me da igual; pero te has equivocado con nosotros. Hoy es tu día.

A la derecha de Salva conseguí atisbar, casi intuir por el rabillo del ojo, como aparecía una sombra más oscura que las sombras que nos rodeaban. Me giré para alertar a mi compañero, pero el intruso nos había sorprendido por detrás. Me tiré al suelo, a la vez que un fogonazo escupía una lluvia de postas de escopeta. El disparo de la recortada dio de lleno a Salva en un costado, que cayó al suelo por efecto de la fuerza de la onda expansiva. Disparamos al atacante, y éste emitió un ruido sordo y cayó de bruces, para acto seguido levantarse tambaleando y desaparecer otra vez en la oscuridad. El Manco y su colega empezaron a disparar, mientras corrían hacia nosotros. Salva desde el suelo, medio incorporado sobre sus rodillas, y yo desde detrás de la columna, repelimos el ataque. El intercambio fue rápido. Un tiró de Salva dio de lleno en la rodilla del colega del Manco; éste emitió un grito desgarrado y huyó medio arrastrándose por el portalón, sin parar de disparar. Las balas rebotaban sobre las columnas, silbando entre nuestros oídos; el hormigón estallaba en cientos de peligrosas esquirlas que volaban de manera fulminante sobre las cabezas. Miguel disparó, y un rayo de luz me dejó ver como el gordo se retorcía, cayendo violentamente de espaldas. Amartillé el gatillo un par de veces. El manco cayó de rodillas y por un momento se quedó inmóvil en esta posición; pasaron dos o tres segundos antes de que la pistola que llevaba se deslizara desde su mano hasta el suelo, y su cuerpo se dio de bruces contra las viejas cadenas del muelle.
Permanecí callado y resoplando un rato, alrededor de cinco minutos, a la vez que oía gimotear pesadamente a Salva mientras se moría.
La bolsa arrugada de plástico estaba vacía. Que mamón. Genio y figura.

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Cuentos, Relato

El chasqui

Por cristina campelo, en 1 de julio de 2009

Aquel día amaneció muy frío. El viento de la cordillera soplaba tan fuerte que mi poncho de lana de algodón y llama no me abrigaba. Mis manos estaban heladas, pero tenía que llevar el mensaje, y como todo buen chasqui, no podía rendirme. Todavía me faltaba un buen trecho para llegar al tambo, donde podría recuperarme. Estaba entrenado y alimentado desde muy pequeño como corredor para soportar la fatiga y la sed. Pero hoy el tiempo jugaba en mi contra.
Recordé a mi padre. El había sido un soldado muy valiente. Integraba el ejército de nuestro Rey Huayna Cápac, con orgullo, a pesar de que había sido reclutado de forma obligatoria, mediante la mita. El Estado le había dado, como a todos, sus hachas de bronce, los rompecabezas de madera o piedra, hondas, lanzas, flechas y propulsores para usar según fuera su necesidad. A mí me gustaba ayudarlo a limpiarlas sacándoles brillo.
Cuando tuvo que dirigirse al sur en una campaña militar, mi madre lloró mucho. Pero sabía que estaríamos protegidos pues el Estado se comprometía a mantener a las familias del ayllú mientras los soldados estaban en campaña. Recordé que en esa ocasión el ejército no tuvo que recurrir a las armas, pues luego de mostrar los beneficios de la administración inca, el pueblo se rindió. Mi padre lo contaba con alivio, pues, en otras ocasiones había que recurrir a la fuerza, y mucha gente moría. Mi madre decía que yo era muy parecido a él, pues tenía mucha fuerza interior para soportar las dificultades. Tal vez por eso me hice chasqui.

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