Prometió no revelar a nadie su fantástico secreto, sin embargo lo primero que deseaba esa mañana era decir a voces su descubrimiento, subir al campanario y tocar fuertemente la campana para que todos acudieran a escuchar su historia.
Sobre todo a su mejor amigo David, a él también le gustaba todo lo fantástico, siempre estaba buscando tesoros e inventando cosas, que no servían para nada, pero se divertían y se reían muchísimo, lo que más resaltaba de David era su risa; se reía de una forma muy peculiar. Él, al igual que Samuel era un niño delicado y sensible, amante de los libros y la música. Adoraba la paz y la tranquilidad, perderse en la inmensidad del bosque y disfrutar de la soledad que siempre le acompañaba. La familia de David vivía de su producción de cebollas, lechugas, patatas y ajos. Era una familia grande, donde se ayudaban los unos a los otros .David siempre que podía hablaba de su abuela, con ella aprendió a conocer las estrellas, a ponerles nombre a cada una. Según su brillo así las apodaba, con nombres un poco extraños para ser estrellas, puesto que utilizaba nombres de flores, como por ejemplo: Azahar, Amapola, Lirio o Nardo.
David decía que las estrellas, al igual que las flores, tenían un lenguaje propio y que cada una podían transmitirnos un mensaje diferente y que cuando decenas de esas imágenes fugaces iban y venían en torno a él, símbolos extraños se plasmaban en su mente, para después, en una combinación de palabras, transformarse en mensajes que le inspiraban a soñar, que era con lo que más disfrutaba.
Así que Samuel se imaginaba la cara que pondría si le contara su secreto, pero tenía que mantenerse fiel a su promesa, un secreto no se puede decir, así que tragó toda esa emoción, toda la algarabía que sentía dentro de sí para mantenerse fiel a su promesa.
Cuando llegó su padre le preguntó entusiasmado si irían al árbol.
—Sí Samuel, esta tarde iremos de nuevo.
—¿A qué hora papá?
—A las cuatro —Contestó.
Y hasta esa hora vivió adherido al reloj.
—Padre son las cuatro —Dijo emocionado.
—De acuerdo, pues en marcha.
Fueron charlando bajo el cielo pálido, la brisa fresca y agradable que soplaba suave y delicada.
Llevaban largo rato caminando cuando de pronto la atmósfera se transformó por completo. Las copas de los árboles eran más verdes que en ninguna otra parte, los pájaros trinaban más armoniosamente que nunca, las flores en cada soplo de brisa, eran un estallido de color en movimiento. Una energía con aroma a lirios silvestres comenzó a devorar lentamente las palabras, aunque no para Samuel que intentaba afanosamente que su padre le contara cosas acerca del árbol, por ejemplo cómo lo descubrió, pero Anastasio hacía como que no lo escuchaba, ensimismado en todo el entorno.
—Mira Samuel, observa la maravilla de la naturaleza, esta energía que emana al ritmo del Cosmos, toda ella es el instrumento más motivador para apreciar la vida.
—Sí papá, es todo tan hermoso y ofrece tanta paz.
—Cuando existe serenidad, hijo, el conflicto desaparece y una vez más se demuestra que el conflicto está en nosotros.
—Papá, cuando estamos en contacto con la naturaleza nos sentimos como si nuestro cuerpo no tuviera materia, parece como si el vapor verde nos anestesiara.
—Ja, ja, ja, ja, ja— Ambos soltaron sus risas llenas plenitud y ausente de necesidades
—La humanidad, Samuel, sigue atada a instintos primarios que les impide poder contemplar la vida en términos exclusivamente de poder, así que se deja poco espacio a planteamientos metafísicos y por supuesto para salir unos momentos del mundo sobrecargado e introducirse en el silencio del interior a través de todo esto.
La sinfonía de toda esta belleza de inmediato lo armonizó, alejando de su mente las preguntas.
Esto provocó en Samuel que junto a su padre, se impregnara de todo el aroma verde que penetraba en su ser uniéndose a su esencia.
Cuando estuvieron cerca, la conversación lentamente se fue desvaneciendo, las nubes habían resbalado del cielo y los caminos yacían sumergidos bajo una laguna de neblina blanquecina con franjas grisáceas.
De pronto el silencio sepulcral se rompió con un estruendo. Del espacio surgió un haz de luz blanca, que en décimas de segundo cruzó el cielo y se posó encima de sus cabezas. El rayo brilló, cegándolos durante unos momentos, después empezó a perder gradualmente su fuerza, hasta que se pudo distinguir en su interior una silueta, la silueta del árbol esperando su llegada.
—Aún está ahí— Decía Samuel, maravillado.
—Ja, ja, ja— Claro hijo ¿qué pensabas, que lo habías soñado? En ese caso, yo también estaría soñando
—Ja, ja, ja, ja —Volvieron a reir.
Ascendieron por la escalinata de piedras y se deslizaron en silencio hasta la entrada.
Al eco de sus pasos la atmósfera volvió a cambiar repentinamente. Durante varios segundos, Samuel estuvo como ajeno a su presencia, al poco se abandonó totalmente.
—¿Qué edad tienes? —Preguntó el árbol.
—Casi catorce años —Respondió Samuel de manera impulsiva con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, dando a entender que era mayor.
—¿Y usted?—.
El árbol rió a carcajadas.
Temiendo meter la pata, el chico se limitó a permanecer sentado en silencio.
—Anda, acércate— Dijo el árbol.
Samuel se incorporó del suelo y dio unos cuantos pasos con la máxima lentitud.
—Acércate sin miedo, que no te voy a comer.
—¿Dónde? —Preguntó desorientado.
—Al centro —Contestó el árbol.
Se colocó en el centro permaneciendo inmóvil, casi sin atreverse a respirar. Estaba bastante inquieto debido a la atonía vital que de pronto lo atravesó en un lapso de tiempo que a él le pareció eterno. Sentía un roce como de manos en la frente, en el pelo y en los párpados. Tragó saliva, notando que el pulso se le lanzaba.
Al cabo de un rato de perplejidad miró a su padre. Anastasio desde el principio sabía lo que iba a pasar y por ello permaneció junto a él pero como en estado de meditación, estaba tranquilo y eso ayudó a Samuel a estarlo también.
El árbol pronunciaba algunas palabras que no se entendía muy bien, su idioma era como un eco, retumbaba tan fuerte que todo vibraba. Como si se tratase de un terremoto, el suelo se movía bajo los pies del muchacho balanceándolo, estaba a punto de gritar aterrorizado, cuando el eco fue apagándose lentamente y todo volvió a estar sereno. Más claramente y con suavidad el árbol comenzó a explicarle algo sobre eso que él consideraba cuevas o túneles.
—Samuel, esto que ves en torno a ti son mis siete vientres, siete, como los siete días de la semana, las siete notas musicales, los siete colores del arco iris y otros muchos sietes que rodean al Universo, en cada uno he fecundado una experiencia que tú tendrás que vivir para aprender de todas y cada una de estas vivencias.
—Vientres, a mí me parecen cuevas —Pensó.
—Pues llámale cuevas, ja ja ja ja —Dijo el árbol.
Samuel estaba desconcertado.
—Podía saber lo que pensaba, leía la mente, tendré que tener mucho cuidado con mis pensamientos— Se decía.
Aunque sus palabras y la suavidad con que eran emitidas lo tranquilizaron; de repente sintió algo curioso, le pareció que aquello ya lo había vivido antes. Esa sensación lo retuvo un instante intentando atisbar algo que le diera una pista de dónde se encontraba. Su padre lo miró admirado, mientras Samuel permanecía ensimismado contemplando las curiosas cuevas rodeadas por una densa colonia de musgo, un paisaje místico que estimula sus sentidos alcanzando la belleza suprema.
La tarde comienza a despojarse silenciosamente de sus luces, dejando que la noche se imponga lentamente, como una mancha dispersa en un papel rojizo. Sobre el cielo comienza a recortarse la silueta de la luna cuando salen de nuevo del árbol. El fresco aliento que emana del lugar acaricia sus cuerpos. Anastasio coloca su mano en la espalda de su hijo reconfortándolo.
—Mañana hijo nos levantaremos como cada día, con nuestro hermoso sol saludándonos, pero tú lo contemplarás de forma diferente a como lo has hecho hasta ahora, porque ya has descubierto que el mundo tiene algo más que ofrecer.
—Estoy deseando descubrir todos esos regalos del Cosmos
—Tranquilo hijo, todo a su debido tiempo, cada cosa tiene su momento, por ello no hay que forzar, sino esperar a que el momento acontezca.
—Sí papá, yo espero, yo sé esperar.
Anastasio sonrió sabiendo lo que le costaba a Samuel esperar, era muy impaciente e impulsivo pero se le veía convencido de que esto iba a cambiar y Anastasio confiaba en que así fuera
—En esta andadura exploramos distintos caminos que nos ayudan en nuestra transformación, pero todos nos conducen a lo mismo, a una búsqueda espiritual que no es más que el encuentro con uno mismo, no lo olvides hijo, ese es el mayor regalo, encontrarse a sí mismo.
Al llegar a su casa se disponen para cenar.
Samuel colocaba el mantel mientras su padre destapaba la olla para sacar la sopa. Cuando lleva los tazones a la mesa, se sientan uno frente al otro y en silencio comienzan a tomar el caldo caliente que los reconforta de la caminata y del aire fresco que se había levantado.
—Esta noche tienes aire pensativo— Dijo su padre, buscando la conversación.
—¿Te preocupa algo, Samuel?
—No, sólo pensaba.
—¿En qué?
—En el árbol.
En qué iba a pensar, no podía pensar en otra cosa, el árbol ocupaba la totalidad de sus pensamientos, le inquietaba y le fascinaba al mismo tiempo.
Su padre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire, palabras, silencios, o quizás a su esposa, no se sabe, pero estaba raro.
Sus pupilas se encontraron brevemente. Al terminar, Anastasio se levantó.
—Samuel me voy a la cama que mañana tengo que levantarme temprano para ordenar algunos libros.
—Sí papá, vete a descansar, yo también lo haré, pero antes recogeré la mesa.
Dio las buenas noches a su hijo y se refugió en su alcoba.
Obviamente él quería que lo que tuviera que descubrir, lo descubriera a su tiempo, por ello no quiso iniciar ninguna conversación sobre el árbol durante la cena.
La magia de la vida, languidece entre cúmulos de incomprensión, pero aún algo sobrevive entre los escombros, abriéndose camino ante el desamparo, y eso es lo que voy a descubrir —Se decía.
Samuel exhaló un suspiro taciturno que lo estremeció en esta eterna ausencia, retiró los platos, apagó la luz y se marchó también a su habitación, no tenía sueño, se asomó a la ventana a observar la noche, que le daba el sueño que necesitaba, el de olvido total.
Formas y sombras cruzan el débil rayo de luz que esa noche emitía la luna, parecía una blanca aguja con destellos plateados enhebrada por el cielo. Samuel se enroscó al hilo azul y despegó disolviéndose por el espacio.
Estaba tan cansado que ni siquiera interrogó a las estrellas, como otras veces lo había hecho.
Se tendió en el firmamento, satisfecho de ser lo que es, y se arropó con las alas de las nubes que le susurraban acariciando sus cabellos.
—Todo está bien, todo es como tiene que ser, descansa ahora.
Cuando el anochecer muestra su hermosura todo es mágico, hay una tenue luz de purpurina azulada que hace que todo cambie de forma.
En el limbo de su inocencia, Samuel se halla entre dos mundos, pero ahora no desea pensar, solo deslizarse libre, junto a la balada armoniosa de las criaturas nocturnas, que danzan emitiendo un suave resplandor que le hace elevarse aún más lejos, hasta encontrarse en el país de los sueños.
Sus labios de mariposa solo buscan volar sobre esta llanura, escuchando la mágica voz etérea del viento, solo desea eso, ser viajante de ese mundo donde sus sentidos inmóviles esperan detrás de la puerta, sin pestañear, respirando hondo, en silencio.
Y como un árbol taladrado, continúa así, en su rincón, jugando con las estrellas, buscando algo más que un simple existir, con una mente repleta de sueños, de ilusiones, de llantos, sonrisas, pero sobre todo de esperanzas, esperanzas de poder crear un mundo donde poder jugar, amar y ser amado.
Corazones que estén vivos y labios que sean capaces de coordinarse con la voz y articular palabras que sientan de verdad.
Crear un mundo de colores en el que se pueda construir algo distinto y sincero, gratificante y alentador.
¿Acaso sueño? y si es así ¿qué hay de malo en ello?
Me gusta ausentarme en mi sueño y ver cómo pasan las horas en esta ilusión constante.
Mari Carmen Criado yagüe