En este nuevo mundo, donde la tecnología se supera a cada paso, no fue raro que un buen día me sentara con mi hijo a jugar, no a las cartas, ni a los juegos habituales de mi infancia, sino a los video juegos, que hoy por hoy son moneda corriente.
Mientras me enseñaba como era el juego, pude ver y entender de que se trababa el mismo…
Consistía en un hombrecito que se agarraba de globos…, sí, de globos, para no caerse…
Para explicarte mejor, todo el juego se desarrollaba con la única intención de mantener al hombrecito en la pantalla. Éste se agarraba de globos que subían y, como al llegar al borde superior explotaban y si esto pasaba se caía y perdía una vida, lo que debia hacer era subir y antes de llegar arriba debía soltar el globo que ascendía y agarrarse de una que bajara, el cual, a su vez debía abandonar antes de llegar al borde inferior, reemplazándolo por otro que ascendía y asi sucesivamente… (Espero se haya entendido, jajaja)
Mientras jugaba y perdía “vidas”, en mi afán de buscarle a todo algún sentido adicional, y como me encanta pensar, empecé a asociar lo que veía con mi vida y con las vidas de muchos de los que tal vez algún día lean esto…
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