LA CASA DEL CENTRO
La ciudad se presentaba como un ser extenso, como un ente deforme. Cubierta por un cielo entre azul y gris. Mostraba bajo las nubes hileras de casas desordenadamente emplazadas que formaban calles angostas por las que caminaban personajes de las más diversas características. Los sonidos que desprendía, iban desde las risas de niños que se divertían mojándose en un charco producto de la última lluvia, el ruido de un avión que llegaba o se iba, los diálogos de las gentes que parecían el zumbido de abejas en una colmena; hasta el molestoso ruido de camiones que circulaban llevando materiales de construcción al otro lado de una quebrada que dividía la cuidad en dos. Hacia el sur se levantaban construcciones antiguas. Casas y edificios grandes que mostraban en sus fachadas el paso del tiempo impregnado en formas alegóricas que exponían balcones y techos. El tránsito en las angostas calles era caótico. Vehículos y autobuses parecían luchar entre ellos buscando un escape que los libere del atolladero en el que el humo de los escapes llenaba el ambiente, convirtiendo las calles en una visión apocalíptica. En las aceras la gente caminaba como si cada quien buscara algo diferente, sin mirarse entre sí enfilaban por las calles. Unos andaban con los ojos sobre el pavimento, otros con la mirada perdida en la multitud. Sobresalían seres abandonados que habían hecho de las calles su morada: niños andrajosos, viejos desdentados con la mirada clavada en el rostro de los transeúntes esperando compasión.
Entre la multitud, Andrés llevaba en sus manos un portafolios en el que guardaba sus escritos, un sinnúmero de hojas en las que plasmaba historias que quería contar, historias basadas en sus ficciones, en sus vivencias transformadas en relatos fantásticos que soñaba con poderlos publicar. Para eso había venido hasta la capital desde su provincia. Le habían dicho, sus amigos, que en la capital su obra tendría más oportunidades de salir a la luz. Le hablaron del movimiento cultural de la capital, del sinnúmero de instituciones que le podrían abrir las puertas para lograr su objetivo.
Llegó al centro de la ciudad después de tomar un autobús que lo trajo desde la Terminal terrestre. El caos del tráfico lo confundía, miraba con asombro la indiferencia de la gente, cada cual ocupado en sus actividades, rostros y más rostros que iban y venían como si fueran y vinieran de ningún lugar. Se detuvo en una tienda empujado por la sed que sentía fruto del intenso calor emanado de un sol que pegaba como si calentara sólo a esa ciudad. Antes de entrar miró un cartel pegado en el muro exterior de la tienda, era un cartel que anunciaba la presentación de un cantante de la nueva trova cubana, género del cual gustaba Andrés. La presentación era para el día viernes por la noche, después de dos días. Andrés pensó que tenía tiempo para asistir, de hecho sus días en la capital no estaban programados, le daba igual, no tenía nada pendiente en su ciudad. Después de que le despidieron de su trabajo en la fábrica de cartón por apoyar un paro de actividades exigiendo mayor seguridad en la planta industrial para los trabajadores, cobró su último sueldo y un dinero extra que le entregaron como liquidación, con ese dinero se vino para la capital tras del sueño de ver sus historias publicadas en un libro.
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