El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda de mariposas.
En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un esprit de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama.

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Soy un signo de interrogación entre dos paréntesis. La vida me pasa y sigo sin aprender. Mi cuerpo crece pero yo no. Una constante resistencia a lo seguro me impide estabilizarme. Soy un riesgo y no tengo solución. Me gusta ser yo, pero en los pocos minutos de lucidez me gustaría ser tú. No sufro de ningún desorden mental conocido, el mío es propio, solo mío. Hace años decidí que viviría sin estrés y lo he cumplido. Mi cuerpo frágil alberga un gigantesco dragón. Me gusta imaginar que existe la persona que me enseñará el significado de las palabras compromiso y confianza. Creo que existe y creo que está cerca. Disfruto cada segundo de soledad como si estuviera asistiendo a una fiesta. Mi vida es una celebración a la vida y planeo vivir de esta manera hasta que escriba FIN.

