Entradas de noviembre de 2008

Narrativa

PEDACITO DE CIELO

Por , en 8 de noviembre de 2008

“Por los días benditos que
subsidiaron mi yo profundo”

Hace mucho tiempo atrás, cuando solo tenia 7 años ,murió, la hermana menor de mi abuela Elisa (mi abuela materna) después de meses de tratamiento , el cáncer pudo mas que los cuidados y las oraciones suplicantes de mi abuela y de todos en la casa materna nuestra nana predilecta moría , tan bonita , tan trabajadora (como dice mi madre ) y nadie podía hacer nada, recuerdo este hecho por que es uno de los mas tristes de mi niñez …bueno como decía ;ella se encontraba muy enferma y necesitaba muchos cuidados así que mis padres decidieron traerla a nuestra casa donde estaría mejor cuidada a demás seria mas difícil transportarla desde su pueblo ya que necesitaba muchos chequeos , así que se quedo en casa algo de 3 o 4 meses no lo se bien , un día , recuerdo claramente que todos en casa estuvieron contentos parecía que se pondría bien su semblante era bueno , su piel rosadita y sus ojos vivos , “algún milagro” (es normal creer en milagros en mi casa) .
Un día de ese tiempo cuando nadie se lo esperaba (por que particularmente pensé adueñarme de la nana quitándosela para siempre a mis otros primos…que la querían también)…Ella insistió, mucho en ir a su pueblo alegando que quería ver su casa, sus animales y a su hermano, así que la llevaron. No lo vi. pero me imagino que se llenaba en el corazón todas las descripciones del camino, las casas de adobes y tejas , la laguna con gaviotas , la tierra colorada y los millones de surcos que pueblan las chacras de la comunidad , los lugareños que siempre pasan por los caminos llevando los ganados a los limites del pueblo , llegando casi a Jauja , tal ves estaría divisando las flores que como guerreras atrevidas suelen ponerse en el limite de las chacras y la carretera polvorienta especialmente en esos meses ……me la imagino yéndose feliz , sonriendo, hablando de que sembrar para la siguiente temporada , de lo lindo que se encuentra la sementera , un enero perfecto para salir al campo y mucho mejor si se vuelve a casa!!!!! ……..

No logre adueñarme de la tía Irene por que ella nunca volvió a nuestra casa, murió al día siguiente de su partida…….se fue a morirse allá a su pueblo, en su casa, con el corazón satisfecho, y el ritual cumplido de su alma andina.

Pero ¿saben? cuando vaya al pueblo a visitar a mi abuela, tendré el suficiente valor y entrare a su casa (ahora abandonada ), se que la veré y estará intacta como ahora mismo, tal ves me sirva un café de cebada con panes serranos calientes …como antes… y si tengo suerte hasta me ofrezca un carnero recién nacido de regalo como en mi niñez, se que dirá como siempre que me parezco mucho a mi bis abuela…ire tan solo para corroborar que LO QUE MAS AMAS DE ALGUIEN NUNCA MUERE!
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Relato

Un bus a la cordillera

Por , en 8 de noviembre de 2008

UN BUS A LA CORDILLERA

Aspiró la última bocanada de humo de su cigarrillo mirando impasible los rostros de las personas que esperaban en la estación la llegada del bus que iba hacia San Jerónimo. Levantándose de la banca que compartía con otros viajeros, se acomodó el bolso que era todo su equipaje sobre la espalda, y caminó como si una urgencia lo empujara a algún lugar. Desde el sitio en el que estaba podía ver las montañas que hacían de centro de un cuadro vivo en el que la noche, que se presentaba limpia de nubes y generosa en luces de estrellas, hacía de marco. Escuchó el sonido del motor del autobús que llegaba a recoger a los pasajeros del viaje en el que él también partiría. Había decidido abandonar la ciudad para ir en busca de aquello que estaba ausente en la cotidianidad de la vida urbana. Ha llegado a tanto su convicción sobre la ausencia de un verdadero sentido de existencia en medio de la vida citadina, que la decisión del viaje le llegó natural como la luz a la retina de sus ojos. Algunos acontecimientos de los últimos días, que a cualquiera le podrían parecer intrascendentes, le incitaron mayúsculamente a su decisión.

Uno de estos acontecimientos se presentó cuando de regreso del trabajo hacia su casa, tomó el autobús. Cuando subió “al vuelo”, caminó por el pasillo del bus como siempre lo hacía, sin mirar los rostros de los pasajeros sentados a los dos lados ocupando los asientos. Al llegar al final encontró un asiento vacío. Se sentó al lado de un hombre de unos cuarenta años, que por su apariencia podría tratarse de un obrero igual que él. Pudo advertir que el aliento de su compañero, de viaje efímero de bus urbano, emanaba un claro olor a alcohol. Sintió inquietud por mirarle el rostro, pero más pudo su timidez.

En ese mismo instante un niño desarrapado se coloca en frente de los habitantes del bus y comienza a cantar mientras su mirada se distrae con un viejo pedazo de cuerda que sostiene entre sus dedos. La actitud de los habitantes del bus es la que él ya conocía y la misma a la que se sentía arrastrada como por inercia: la indeferencia, el desprecio, el sentimiento de incomodidad. Regresó a ver que actitud había tomado su compañero de a lado frente a la presencia del niño, el hombre tenía en el rostro colocada una máscara que ocultaba sus verdaderos sentimientos, colgaba de sus labios una sonrisa siniestra como de masoquista.

Como una borrasca las preguntas le dieron duro en el centro de su frente. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo los ojos humanos pueden rehusar el sentimiento? ¿Desde cuándo los de una misma especie se creen diferentes entre si? ¿Son los buses el lugar donde se permite ignorar la pobreza como si fuera parte de la decoración de un viaje? ¿Por qué esos seres que componen esa sociedad temporal buseril miran sin mirar y escuchan sin escuchar?…Sin respuesta quedaron las preguntas enganchadas en su mente. Después sus ojos pasaron revista los rostros de los pasajeros de aquel bus que por momentos para él se transformó en una lata en movimiento en la que cabía toda la inmundicia del universo. Todos los rostros le eran diferentes, pero al mismo tiempo parecidos. Eran diferentes en sus facciones, pero iguales en al desidia que exteriorizaban, eran iguales en mostrar una complacencia vacía que les unía. En ese momento comprendió que él era igual al resto y la vergüenza le invadió al extremo de mostrarse color rojo en su rostro. El niño ahora recorría entre los asientos con su pequeña mano extendida clavando su mirada en la de los pasajeros, que por alguna razón la esquivaban. Cuando llegó cerca de Antelmo, repitió el gesto mostrado a todos los pasajeros, pero a diferencia del resto de viajantes, él miró directamente a los ojos del niño, y lo hizo con tal profundidad que por unos segundos ambos se sumergieron en el fondo de sus miradas. El niño continuó con su rutina alejándose de la mirada del desconocido, él no pudo identificar las emociones que le causó ese acontecimiento; simplemente comprendió que era humanamente inferior a ese niño, sintió temor. Su compañero de asiento se había quedado mirando las nalgas de una mujer de piernas largas que viajaba de píe, y que al igual que el resto de habitantes del bus, miraba si ver, mientras en la radio sonaba una melodía estridente que acompañaba la voz de un cantante que repetía como estribillo: “goza este ritmo goza, meneando tus caderas hasta enloquecer…” A Antelmo le invadió una náusea que era difícil controlar, le sobrevinieron espasmos, comenzó a sudar, y sintió que la sangre se paralizaba en sus venas. Su visión se transfiguró. Ahora miraba, entre realidad y ficción, como todos los pasajeros eran cuerpos inertes, vacíos, rellenos de aserrín como monigotes, con las miradas perdidas, sin vida, a manera de maniquís. Miró al frente la vía, y fue tal el susto que se llevó al comprobar que el bus no tenía destino, que recorría un vacío en espacio y tiempo, que le aterró la idea de no poder abandonar ese viaje, pensó que aquel bus jamás se detendría cuando vio por el espejo retrovisor el rostro del conductor que tenía la misma mirada extraviada que los demás.
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Relato

La amistad durará

Por , en 7 de noviembre de 2008

Pedro y Juan eran amigos. Muy amigos. Habían crecido juntos, e incluso habían nacido juntos, el mismo año, el mismo mes y el mismo día. A medida que iban creciendo iba reforzándose la amistad que había entre ellos. Pasaban todo el día juntos, jugando, corriendo, riendo. Eran inseparables. A todos lados iban juntos. Se hicieron la promesa, de ir siempre acompañados el uno del otro. Siempre que se disponían a marcharse a algún lugar, el otro debía tener constancia de ello. Con tan sólo cinco añitos habían conocido a su único verdadero amigo. Desgraciadamente la vida no siempre es justa, y decidió llevarse poco a poco a Pedro. Y ellos lo sabían. Sabían que algo le pasaba a Pedro, ya que tenía que acudir al médico con frecuencia, y a veces tenía que quedarse en cama días enteros, incluso semanas. Sin embargo eso no los separó. Poco a poco el tiempo del pobre chico fue acabándose. Hasta que un día de un mes cualquiera, llegó su hora. Juan veía desde el cristal del quirófano cómo los médicos hacían lo posible por revivirlo, por hacer que vuelva con él a correr y a divertirse como cualquier chico de su edad. Y lo miraba a los ojos. Y su amigo definitivamente se apagó. Pero Juan no sentía tristeza. Sentía rabia, indignación. Su amigo no había cumplido con su palabra, se había marchado sin esperarlo, sin avisarlo. Y lo peor era que no tenía ni idea de cómo llegar al lugar a dónde había ido a parar su amigo. Al cielo, le decían. Y, ¿cómo alcanzar el cielo? ¿Cómo volar tan alto para poder tocar las nubes y llegar allí dónde Pedro estuviese?. Probó saltar alto, tan alto como pudo. Pero fue en vano. Entonces se le ocurrió subir a el edificio más alto de todos los que viese a su alrededor. Y así lo hizo. Subió a la azotea de un edificio desde donde podía ver toda la ciudad. Estaba seguro de que desde allí podría alcanzar el cielo. Subió todo lo alto que pudo, hasta el filo. Miró hacia abajo y pudo ver las diminutas personas que iban y venían ajetreadas. Y saltó hacia arriba. Pero un golpe de mala suerte (o buena, quién sabe), hizo que resbalara y perdiera el equilibrio. Y cayera y cayera hasta tocar asfalto. Lo que no sabía Juan era que en ese momento era cuando estaba más cerca del cielo. Lo había conseguido. Ascendería hasta llegar y al fin podría seguir jugando con su mejor amigo. Y estar juntos para siempre.

Autor: Yuste

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Microrelatos

La torre

Por , en 6 de noviembre de 2008

Subí las escaleras lo más aprisa que pude, mientras el estertor envolvía la torre. Por una grieta de la muralla se filtraba un humo fino y rojizo. Parecía que la tierra se había abierto y se tragaba la enorme edificación, así que mi objetivo era llegar a una ventana y precipitarme a tierra firme antes de que el terremoto derrumbara sobre mí las piedras que …¡Por fin, una salida! Me asomé de un salto, y comprobando que efectivamente la torre se desmoronaba, me lancé hacia la zona más blanda donde podía aterrizar, a no menos de 15 metros. Enseguida, el humo y el ruido me atraparon en un estado de semi-inconciencia en el que pasé no sé cuánto tiempo. Cuando desperté, las ruinas corroboraban lo ocurrido, porque Dios es Verbo, pero habla con hechos.
Sorprendentemente, descubrí que casi todos mis compañeros de trabajo habían corrido mi misma suerte, todos estábamos sin un rasguño apenas, pero ya nada tenía que ver con ellos, nada nos relacionaba, después de tantos años de trabajo y de vida juntos éramos como completos desconocidos; ya no hablábamos el mismo idioma.

Autor: r

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Relato

Los balcones

Por , en 5 de noviembre de 2008

CAPITULO 1

paco era sin duda un hombre solitario
economista con grandes ideas , siempre fracasó en las mismas , mas que nada porque nunca tuvo el valor de ponerlas en practica , incluso ni de decirlas

era una persona muy timida , su carrera de 3 años…sus practicas en una empresa ( en la que le contrataron , no por bueno en la materia , que lo era , sino por bueno de persona )
recatado en sus comentarios , pocas palabras decía aunque las que decía le salían por mera imposición de su voluntad por encima de su propia vergüenza.

Iba tirando para adelante , en la capital , en un piso de un pueblo dormitorio cercano a la ciudad , allí pasaba sus horas muertas , dejando pasar el tiempo

ni siquiera ponía la tele , como mucho la radio…y eso si , dibujaba…le daba por hacer grandes dibujos en sus ratos libres…dibujos de todo tipo…una cara de mujer que vió en el metro
un animal , un hecho que vio en el telediario , ….. era impredecible en ese aspecto.

la vida social no era su fuerte , los fines de semana que no iba a su pueblo a ver a su familia , los pasaba en el sofá de su casa y en la mesa para comer …. se podría decir que era un depresivo constante no oficial , no oficial porque paco no tenia ningún motivo para ser depresivo , simplemente había nacido asi , y eso le costaba mucho….

durante la carrera hizo tres amigos , los únicos , que la verdad lo querían y se interesaban por el. Sabiendo estos como eran , lo trataban a su manera , lo llamaban los sábados para salir por las noches pero sabiendo que el no iba a salir , quedaban los tres en su casa para tomar una cerveza con el y después salir de farra toda la noche ….al menos lo veían un rato.

paco llevaba muy mal eso de no salir con chicas…sus contactos con las mismas había sido escaso…casi nulo , al menos así lo creia…no es que fuera gay , al revés , le gustaba mas una mujer mas que una raya a maradona , pero el problema es que le daba mucha importancia ….tenia 35 años y aun era virgen…eso le sumia en una gran tristeza , tanta que le daba miedo…

así transcurría la vida de paco en piso , piso antiguo donde los haya , donde había 6 viviendas , de las que solo Vivian paco y una anciana viuda en el tercero , que paco iba a hacer compañía de vez en cuando pero no mucho , no mucho porque veia que la vieja tenia mas marcha que el con 80 años…y eso a paco le pesaba en el alma…

pasaba un dia tras otro….trabajo … casa…dibujos….sofá….trabajo…casa….dibujos…hoy un poco de tele…compras en el ultramarinos de abajo con mas años que David el gnomo.

En eso estaba el pasar del tema cuando sucedió un hecho extraño….
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Relato

El Campanario

Por , en 4 de noviembre de 2008

Caminaba pos las calles del campanario, el silencio sobrehumano de esa zona me hacía sentir libre de mis rutinas y por eso, cada noche del viernes paseaba por ellas mas alla de la media noche. Todo estaba desierto y el único sonido capaz de escuchar es el de la noche, un precioso sonido para pasear y pensar. Las calles eran estrechas y de piedra, mientras caminaba podía escuchar como mis pasos se mezclaban en un intenso eco entre la calma nocturna. En una de esas calles se encuentra el campanario, lugar del origen al nombre de las calles. Sentado en las escaleras ante la puerta del campanario solía meditar, intentaba pensar en todo aquello ajeno a mi vida cuotidiana. No hay mucho de que hablar sobre ella, trabajo en la recepción de un hospital, mi vida casi toda se basa en ese lugar de lunes a viernes, los fines de semana los paso solo en casa o en la carretera con mi moto visitando o explorando lugares. No tengo familia, solo un gato y un loro, se que parece extraño pero el gato nunca a intentado atacar contra el.

Mientras pensaba e imaginaba mi vida de otra manera escuché unos golpes entre la silenciosa noche, sonaban a mis espaldas a cada segundo y cada vez mas cerca, fueron pocos los segundos cuando un pequeño golpe note a mi espalda, era una pelota de goma que había bajado botando de la puerta del campanario, la cual cuando me giré estaba abierta y eso era algo muy extraño, pues nunca antes la había visto abierta y puedo asegurar que allí me encontraba yo todos los viernes a esa hora. Subí las escaleras bajo la tela negra repleta de estrellas que me arropaba en esa calurosa y agradable noche, paso a paso subí esos escalones uno a uno asta llegar a la entrada de ese inquietante y familiar lugar que todas esas noches fue mi única compañía al escapar de esa vida repetitiva y sin sentido.

Llegue ante la puerta abierta de par en par, me quedé plantado con la pelota en la mano, entonces una ráfaga de viento poseyó la noche y cubrió mi cuerpo, las estrellas fueron cubiertas por grandes nubes las cuales tardaron segundos en echar una fuerte lluvia de tempestad. Durante el breve camino de las escaleras hasta la puerta el tiempo cambió radicalmente y mi primera y única iniciativa fue refugiarme en el edificio cruzando la puerta que tenía ante mí, y una vez dentro la cerré. No me quedé a oscuras pues montones de velas en viejos candelabros prendían iluminando toda la sala, aquí entonces comprobé que no se trataba de una iglesia, no habían imágenes religiosas, solo un pequeño altar al otro extremo de donde yo me encontraba. Yo caminaba por ese oscuro e iluminado lugar con una impresionante inquietud en el cuerpo pero al mismo tiempo curiosidad. Llegué al altar y en el encontré un libro que ponía en su tapa de piel: “Camina hacia tu vida”. “¿Qué vida?” pensé yo. Dejé el libro y me dirigí a las escaleras que habían al fondo del altar, no tardé en imaginar que estas conducían a la campana, tenía pensado subir a el, sin embargo no lo hice decididamente ya que estaba completamente oscuro. Cogí uno de los candelabros del altar y sosteniendo en una mano las velas y en la otra la pelota que había envestido contra mi en la calle, subí aquellas escaleras de caracol y mientras subía podía ver que extraños cuadros estaban colgados en las pareces, cuadros en los cuales podía observar que reflejados en ellos había parte de mis imaginaciones de la vida que no tenía, eran tan extraños y el camino a la campana tan largo que incluso pensé en dar media vuelta y salir de aquel lugar a pesar del tiempo que me esperaba, pero no lo hice, en el fondo sentía una cierta curiosidad por lo que podía encontrar arriba de ese extraño lugar.
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Ciencia ficción

El relojero de la calle Fontajosa

Por , en 3 de noviembre de 2008

Variable número 3.567.782: Los isópteros son un orden de insectos neópteros, conocidos vulgarmente como termitas, turiros o comejenes.Su nombre científico se refiere al hecho que las termitas adultas presentan un par de alas de igual tamaño. Son un grupo de insectos sociales que construyen nidos (termiteros) y que comen madera y otros materiales ricos en celulosa.

Tercer miércoles de mes. El bullicio de la calle Fontajosa golpea con fuerza sobre la puerta que abre al mundo el pequeño cosmos de la relojería “Antonio e hijos”. Su pequeño escaparate esconde, tras el grisáceo cristal que los años se encargaron de tintar, una caótica recopilación de relojes amontonados unos sobre otros: los de pulsera dan la cara del negocio ante las aborrecidas miradas de los circundantes, mientras que los de bolsillo presiden la entrada sobre un viejo tocador de mármol (también está en venta) situado en el principio de un largo y estrecho pasillo que se difumina en un horizonte de oscuridad. En la pared, un reloj Foliot parpadea al unísono que su vecino el cucú. La espalda de Antonio asoma por el mostrador, mientras busca un tornillo que encaje en el tirete del reloj que ocupará su atención durante la jornada matutina: un Waltham gama media, de fabricación alemana. La viuda del señor Hills, un excombatiente de la segunda guerra mundial, le llevó el reloj preferido de su difunto marido, tres semanas después de que su minutera, al igual que el corazón de aquel apuesto jubilado de orígen anglosajón, dejase de latir.
Después de unos minutos de búsqueda, consigue divisar el tornillo indicado, entre un montón de piezas dentro de una caja de cartón. Una vez lo rescata del mar de tornillos, se levanta con dolorosa dificultad, y se retira hacia su centro de trabajo, y se sienta en su viejo taburete verde, con la completa certeza de que nadie cruzará la puerta en toda la mañana. El dolor punzante en su abdomen le recuerda lo que él sabe de primeras que representa: el principio de su fin. Su colon no resistirá eternamente. Hace ya unos años, los malditos pólipos adenomatosos se instalaron en la mucosa que recubre su colon. Ahora, esa tumoración ha mutado a un estado de carcinoma incurable, que se extiende rápidamente entre sus pavorosas células en forma de tumor. Es irremediable.
¿Por qué Antonio e hijos, si nunca ha tenido ninguno? se preguntan los vecinos cada vez que pasan por delante del establecimiento. Antonio Ramírez es un veterano de la artesanía relojera. Hijo de padres panaderos, su pasión por el gremio es puramente vocacional. A los pocos años ya dejaba entrever una fascinación por cualquier mecanismo, por simple que fuera: se ensimismaba con los árboles de levas de los camiones abandonados a las afueras de la Barcelona de finales de los treinta, y siempre curioseaba entre los cristales de los relojes de pared de su casa, adivinando con la mirada el movimiento hipnotizante del péndulo. Su destino estaba escrito entre agujas y engranajes: A los 10 años, sus padres, absorbidos por la dureza de la posguerra, e incapaces de mantener a Antonio, decidieron dejar su educación a merced de su tío Juancho, un maestro relojero de la ciudad condal, que hizo de él su alumno predilecto, y le enseño todo cuanto supo sobre el oficio. Tras su muerte, Antonio decidió hacer borrón y cuenta nueva en otra ciudad, y fue así como a los 19 años, traspasó el local para instalar-se en la calle Fontajosa del pequeño pueblo donde regenta su relojería sin pena ni gloria. Su aspecto desapacible y su carácter seco han hecho de él un hombre solitario y aislado. Su vida social se reduce a nada más que a las visitas semanales al médico y a las conversaciones de cortesía con sus clientes de toda la vida, además del incesante sonido de su vieja radio ORION TYPAR 306, compañera incondicional de su mísera existencia. En antena, durante varios lustros, sus tímpanos bostezaron con la uniforme voz de los locutores de Radio 5 (Todo Noticias) mientras él, monóculo en ojo y sentado en su taburete verde, manejaba habilidosamente destornilladores, alicates y pinzas, para desmembrar cada uno de sus relojes.
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Relato

El alma al cuerpo

Por , en 2 de noviembre de 2008

EL ALMA AL CUERPO

© OSCAR SALATINO

Al principio creyó que se trataba de un error. Luego pensó en una broma. Finalmente se convenció de que podía ser posible. Trató de acomodarse los lentes, algo antiguos para la época, pero con un ángulo de visión que los más modernos no podían brindarle. Instintivamente se enderezó el nudo de la corbata, un nudo que había dejado de usarse por lo menos veinte años antes, cuando él era todavía gerente de área de aquella empresa estatal que la globalización había devorado.
Desvió un poco la mirada para que no pareciera tan manifiesto su interés, pero tuvo que reconocer que no era tan fácil como se creía. Hacía tanto tiempo que no sentía ese tipo de emoción que le parecían increíbles las sensaciones que recorrían sus agostados músculos.
“¿Por qué no?” se preguntó. ¿Acaso no tengo derecho? Por supuesto que sí, se respondió mentalmente con una vitalidad que lo sorprendió.
Respiró hondo y sacó pecho como si tuviera que enfrentarse a uno de esos fantasmas que hacía tanto tiempo trataban de apoderarse de su mente. No es que los culpara, no para nada, era él que los invitaba cada vez que la soledad lo acosaba. Una soledad que cada día se hacía más pesada. Como aquellas botas que recordaba de su juventud. Unas botas de corte militar que su padre guardaba en el baúl de los recuerdos familiares. Recuerdos que a veces afloraban a su mente con la nitidez de las nuevas películas digitales.
Una vez más se volvió tratando de que el brillo de su mirada no delatara lo que pasaba por su mente nuevamente alerta. Ella lo miró como reprobando su actitud pero notó que esbozaba una minúscula sonrisa que le devolvió el alma al cuerpo. Ese dicho de un pasado muy lejano lo llevó en un veloz vuelo hacia otras épocas, duras pero entrañables. Épocas de familias numerosas, de varias generaciones compartiendo un mismo techo, de tardes de truco y generalas, de mates amargos y tortas fritas, de brasero y música de tango por la vieja radio.
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Relato

Una más e iban tres

Por , en 1 de noviembre de 2008

Una más e iban tres. Tres dosis letales de almendras. Tres dosis de muerte.
Él sabía que lo mataban, él sabía que se moría. Y él sólo tenía mente para su sueño, un sueño grande, casi inalcanzable que estaba a punto de acariciar con la punta de sus dedos, pero para el que la vida le sería corta, y sólo podría aspirar a su convicción de que todo sueño profundo, siempre encuentra quien lo sueñe.
La esperanza era más fuerte que el dolor de la muerte. Las ilusiones, él saber que un sueño no muere con su soñador, sino que queda flotando en el aire esperando que alguien lo cace con una red de mariposas. Esperando que alguien lo encuentre, lo vea, lo admire y lo tome.
Lo tome y lo haga suyo, su sueño.
La muerte se aproximaba, pero la vida llegaba a tiempo. La vida oportuna como siempre daba sus frutos y los eslabones hallaban su continuidad.
Una continuidad, un legado, un sueño. Un sueño propio que ya no era suyo, una vida por delante que le había arrebatado la muerte. Y ella, allí, sonriente, esperando crecer, esperando soñar.

Autor: Guillermina

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