Un doloroso pinchazo en la zona abdominal inferior despierta mi mente de su ansiado descanso. Siento una gran molestia en el vientre, como si estuviese repleto de líquido y a punto de reventar. Poco a poco, evitando movimientos bruscos, me despido de la cama dirección hacia el cuarto de baño. Cierro la puerta del mismo y enciendo la luz. Con rapidez, me siento en el inodoro dispuesto a descargar la materia sobrante de mis intestinos. Mientras me desperezo, cojo un cigarrillo del paquete de tabaco que ya dejo en el cuarto de baño cada noche, debido a mis asiduas visitas. Otro pinchazo en el vientre me hace sentir un escalofrío en todo el cuerpo.
Sentado, con los pies descalzos sobre el frío suelo de cerámica azul, observo como el humo del cigarrillo va contaminando el espacio vacío del baño, indiferente. No pienso en nada en concreto, tan solo dedico una parte de mi mente a controlar mi aparato excretor mientras otra parte (o la misma), se dedica a controlar la difícil tarea de fumar un cigarro. La desilusión de esta tarde ha llevado mi mente a un estado de desgana y desarraigo difícil de explicar con palabras. Simplemente, me siento perdido y sin rumbo a bordo de una enfermedad que me lleva a su destino sin más amabilidad por su parte que la de ofrecerme dolor. Mucho dolor.

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