Guillermo Canales Justo
2004
Para ti que tanto te quiero.
Leslie
“El olvido es el cese de seguir viviendo”
Desde el momento en que abrió los ojos para recibir esa enorme cantidad de luz diáfana e intransigente, aquel recién nacido se enamoró de ella, amó su imagen más que a los sentimientos y amó también la forma más que a las propias palabras, a primera vista, eso no le preocupaba en demasía. Era la primera y última vez que tendría recuerdo de sí mismo. En su nacimiento todo fue un enrevesado sistema de porquerías, primero se parió su alma que se infectó de la pestilencia de la horrible soledad, que es la causa temible de la peor muerte. El olvido. Fue traído a este lugar de esterilidad por las piernas y la cintura, luego el tórax y los brazos; después habrían de conocerse los ojos más negros y tristes que hayan acaecido jamás, pegados a una cabeza limpia de manera no natural pero tampoco artificial. Su tez, morena verdosa, un poco enfermiza, reflejaba la mala salud del niño, que pequeño pero de orejas grandes proporcionadas al tamaño de su cráneo, le proveían de una fealdad llamativa e inquisitiva, que invitaban a cualquiera a no dejar de verlo hasta enamorársele.
La sensación del movimiento lo invadía, la libertad, más de lo que hubiera podido imaginar, una vida desde el latir de su corazón inocente, hasta el latir imaginario pero corrompido del mundo. Apenas y podía comprender nada, tal vez ni eso, y ya le recorría un pensamiento “vivir para morir, morir para ser prueba de vida”.
El día que nació, doce de la tarde exactamente, todo el pueblo de Teotlán salía a refrescarse con el viento frío y el sol en lo más alto de todo lo que se vislumbraba en el cielo. La gente se predisponía a una brillantez terrenal típica del lugar, pero fue sorprendida por una densa niebla que no se apartaría en mucho tiempo. Teotlán se llenaba de chillidos, de una nueva voz viva y saludable. El nacimiento acontecía del ser que habría de vivir (o morir) para siempre por el mundo y para el, él que no importando lo que hiciera no haría nada, el que no existiría nunca, el que debió no nacer.
-Adián se llamará –dijo su padre – en un tono tan solemne, que nadie nunca se atrevió a preguntar por que del nombre ese, que obviamente no tenía ningún sentido, sólo era el nombre repetido del padre con una “D” entre la “A” y la ”I”. El padre de Adián era un hombre admirable en Teotlán, capaz de construir el mundo una y media veces sólo por conseguir lo que deseaba, su afán solía estar en que algún día encontraría la vida y abandonaría la muerte para no volver nunca más. Su nombre, Aián. Por supuesto para él tampoco significaba nada el nombre de su hijo, le habría dado igual llamarlo así que con otro nombre cualquiera, mas el destino es escrito de manera que aunque uno quiera cambiarlo y lo desvíe, este se regresa al mismo lugar, nadie puede hacer nada para evadirlo y menos transformarlo, y aún si Aián lo hubiera intentado no habría podido por que Aián era un ser que no era nada, pues en Teotlán nadie lo es, solo Adián, él si era diferente, tanto que terminó por parecerse a todos, con sus hermosos ojos negros fulgurosos, y se diría extraños por el parecido con el gris, cabello de materia etérea y brillante con su piel morena y suave. El pudo ser bien, una bendición para el pueblo.
La vida caminaba, y aunque el tiempo no existía como ahora lo conocemos, Adián crecía tanto como su fulgor en los ojos, ahora más enigmáticos que nunca, delicados amuletos que despertaban siempre la curiosidad de los ancianos. Decían con clara conciencia de lo que hablaban, que eran los ojos del olvido, que más de una vez habían visto a los hombres hundirse en sus tumbas con ese color en el rostro, sepultados para siempre en ningún recuerdo, pues ellos los veían azules como el óbito. Por eso lo llamaban así, con ese apodo que nadie lograba recordar más de cinco minutos, se iba de entre sus labios para escaparse con el viento. Al final solo le nombraban Adián. Era extraño ver un niño así, tan falto de inquietud y lleno de experiencia para los asuntos de los grandes.
Adián cumplió ocho años y desarrolló la personalidad solitaria característica de los genios, de los locos, aprendiendo a ver tras la gente, sus sombras y defectos, quitándoselos a ellos para sí mismo, y después sentirse culpable, sólo para que cada sensación nueva aumentara su regocijo, el amor por la belleza de la imperfección. Se dio cuenta por razón propia, que la leche azucarada no le gustaba, y el café sabía tan amargo como la tierra amarilla de los jardines, y no comprendía que la gente mayor, amarga ya de por sí, lo bebiera, que las piernas de las mujeres maduras provocaban pensamientos malos, como de los que platicaban y practicaban los jóvenes del campo con las doncellas atrás de los magueyes.
Él nunca dormía por las noches, dibujaba sentado frente a las paredes y lo sorprendía el despertar de la aurora con el olor a tierra mojada que penetraba de las calles en su habitación a través de un pasillo de piedras calizas, aquellas que serán testigos eternos de su vida, las únicas que no podrían dejar de pensar en él. La casa de la familia de Adián era funesta, irreal de un modo u otro, por donde se le viera estaba llena de calandrias que daban un aspecto melancólico a la edificación, las ventanas pintadas de blanco, asemejaban una cárcel de santos y mártires enloquecidos de tanto mirar el cielo a través de un techo roto de madera, las losas de los pisos, medio cuarteadas más por el desuso que por el andar de sus dueños, las paredes despintadas, manchadas de la nostalgia del pasado que en ese presente ya no se sentía, el patio y sus jardines enormes para jugar a las escondidillas y matar palomas a resorterazos como los de antaño, ahora nada más daba para sembrar unas cuantas rosas de doña Isabel (como las llegó a llamar su madre en los tiempos del climaterio) y encubrir la miseria con el pasto verde, eso sí. Esto sin embargo, a Adián no le molestaba mucho, él nunca fue un niño travieso, era mejor dicho, taciturno, de tendencia vana. Para él todo el pueblo estaba en ruinas, desolado, como si un tren de desventura hubiera arrasado con cada casa y a la suya la hubiera dejado en pie como castigo de haberlo traído hasta aquí. Una de las tantas mañanas en que Adián se alumbraba con piedras del solar, sintió el aire pesado, como sueño, que primero se recargaba en su cabeza y luego bajaba por la traquea y el esófago para apretujarle el estómago y el corazón, que le agitaba las piernas y lo mismo le acaloraba para después congelarlo. Algo le llamaba afuera. Salió a la calle como un grito, tropezando con las piedras, encontrando entre la neblina eterna lo que le causaba aquella pesada premonición.
Ahí estaba frente a la luz perpleja, yaciendo en el llano, una montaña de piedra hecha hombre. Esculpida por las manos de la tierra, usando viento y marea como mejores cinceles. Adián estaba fascinado ante la estatua de pelo tejido que se levantaba sobre él, cuyo corazón estaba clavado a su pecho de roca maciza, tenía el rostro agrietado y los brazos caídos, entonaba en los ojos, una individual indiferencia marcada y obligada. Las palabras que precedieron al asombro estupefacto de Adián se oyeron como un murmullo de hojas.
–Es el hombre del olvido-.dijo. Autómata.
Al descubrir en la base de granito volcánico la inscripción de caligrafía excelente que decía:
“Por encima de lo que se encuentra en la cabeza, que no aprietan con fuerza los recuerdos trémulos y distantes, algo se estira hasta el cielo sin expresión alguna, con pensamiento ninguno. ¿Qué es? Solo se rumora que es el hombre del olvido”.
Los ancianos se reunieron alrededor de la piedra, que en su llegada no hizo ruido alguno ni dejó que el silencio se sintiera. La “endemoniada” escultura se erguía ante un pueblo curioso cuyo frente miraba a los viejos discutir y observar. Viéndola bien, estaba vieja y gastada, un poco ennegrecida por el polvo y la neblina que de tan húmeda le crecían plantas marinas. La estatua, de humano solo tenía el rostro pues lo demás era una mezcla de objetos sin tiempo ni espacio no inventados en aquella época. El pueblo entero vino a verlo, desde los esclavos niños de la ciénaga donde no había amos ni que hacer, hasta los viejos sabios que no tenían a quien aconsejar, que se dieron a la tarea de averiguar lo que se suponía era aquella efigie. Todos daban sus conjeturas y deducciones, más todas eran infundadas e irreales, como la escultura misma, de lo único que estaban seguros era de que nadie escuchó su llegada, y tampoco sabían cuando iba a irse. Adián estaba azorado nunca en su vida había visto a alguien así con ese tono de cabello, esas manos gruesas, el pecho fuerte y los ojos tristes, una combinación que sólo cabían en la descripción de una única persona en la tierra pero todavía no sabía cuál, se paso toda la tarde frente al hombre, lo copio, hizo como que platicaba de cosas con el, de construcción de casas con jade y paja, de aves, de su sueño de tener un perro y llamarlo como el quisiera no como todos le dijeran, no como su madre le dijera, descansaba en él, luchaba contra él, contra sus propios demonios y los de él, pensaba en sus sueños y los de él, hasta que un día temió terminar por ser él y se marchó por el camino de terracería que más tarde le conduciría al pasillo de piedras calizas de su casa, donde entro tiritando de frío y una vez más, de olvido, pues en ese tiempo en que estuvo ausente nadie preguntó por el, tomó la leche sin azúcar de la alacena y la entibió aprovechando la lumbre para calentarse de igual manera, se dirigió a su cama, se sentó entonces en el borde hasta que el sueño lo durmió. Ese letargo en que permaneció lo apartó por completo de la realidad lo sumergió en un estado de coma muy profundo, pero a la vez muy racional, o por lo menos lo suficiente para permitirse el lujo de darse cuenta de que estaba dormido.
En sus delirantes sueños alcanzó a escuchar una vocecita inhóspita para cualquiera, que a el, mas bien le causaba una especie de narcolepsia.
-¿Está bien?-dijo la vocecita-. Preguntando a alguien
-Si-contestó una voz madura y tranquila-pero necesita descansar-.
Después de un silencio de trasiego de cosas, en su frente se juntó la sensación más bella que jamás sintió, sentía, ni sentiría nunca, únicamente aquella vez en que creyó hacerlo. Era esa una mano de otro mundo, de un universo lejano y desconocido, que sin embargo, cabía todo en una caricia. Adián alucinó en su entelequia sobre una joven de tez muy blanca, como la nieve, que resaltaba de entre pequeños puntitos cafés que eran sus lunares, y se miró saltando de uno a otro para colgarse de los cabellos de barro pulcro, y la forma jovial de su cuerpo adolescente le enternecía hasta los huesos mas duros de su anatomía inerme, pero lo que lo hizo voltearse en el tiempo creciendo diez años en diez segundos, fueron aquellos ojos de virgen sexuada y otoñal, capacitados de una verdad no descrita y bañados de un amor desconocido todavía, mas guardado para él. Se soñó tomado de su mano, se pensó acariciándole el cabello de barro y hasta se vio confundido con ella en una maraña de cuerpos desnudos en el acto ritual inventado para los amantes. El sexo. Encendido por la aparición seráfica abrió los ojos pensando que era un sueño, pero ella seguía ahí con su respiración de vapor de plata.
-Leida-murmuró él.
-Sabes mi nombre-respiró ella.
Y no se escuchó nada más.
Leida era una joven noble, divertida e inteligente, hubiera dado su corazón por cualquiera y si hubiera llegado a amar a alguien en su vida, como toda mujer, se hubiera entregado al amor incontenible del conocimiento del otro como a uno mismo. Y no hubiera muerto de desesperanza, no hubiera huido por el camino de lo irrecordable, dejando atrás todo vestigio de si, yéndose sin llevarse consigo misma. Leida tenía la irreverencia, la rebeldía para no consagrarse a su destino, para renegar de sí y ser feliz, pero el día que tocó la faz de un niño que se transformó en hombre en un instante, marcó su miseria destruyendo la poca esperanza de vencer.
Adián se había enamorado de Leida mucho antes de conocerla, así que cuando la descubrió no la soltó jamás de sus manos y trato de enamorarla con los métodos más ridículos conjeturados hasta entonces, la evocaba con el pensamiento, la besaba en el aire, esperando su contestación aparentemente de forma telepática, por que en los ratos de contacto esporádico, no hacía mas que hablar de la vida que no conocía y, que un día esperaba hacerlo pues ese era el deseo de su padre. A Leida le aburrían esas cosas pero hubiera podido escuchar cualquier clase de obscenidades sin inspiración con tal de estar con Adián, este por el contrario vivía con su amor ensimismado, guardado para sí, para que nadie, nunca lo conociera y lo desnudara para siempre ante el resto del pequeño pero cruel mundo. Las pláticas y jugueteos con Leida ocuparon todo el tiempo de Adián y de un momento a otro se convirtieron de abrazos tiernos en amatorias inverosímiles para dos jóvenes de edad tan prematura. Desde entonces se escondían como los gusanos de la tierra, aprovechaban cada instante, por que sabían que aquello que tenían, que todos en cierto momento poseyeron, sería irrepetible y solo se daba una oportunidad para cada persona de la tierra, aunque para muchos, ni eso, pues estaban condenados a creer que el amor verdadero, era el que estaba hecho de infidelidades y encuentros puramente físicos, pero ellos dos, tan lejanos de los pensamientos de los condenados, no se molestaron en pensar a los dieciséis, en algo que no valiera la pena como el amorío. Esa ilusión de invulnerabilidad contra el infinito no duró mucho, Leida se dio cuenta que los mimos que proporcionaba no eran para Adián, sino para socavar su propia soledad, de modo que no amaba al muchacho de los ojos más negros y tristes en que hubiera podido pensar… se amaba ella. Tomó sus cosas y se fue, dejando todo lo que pudiera recordarle que fuera ella, todo dejó, que se olvidó llevarse consigo a un lugar de puritanismo oprobioso extremo, del cual no pensaba salir jamás, para no volver a estar nunca, al alcance de Adián.
Después de ese fatídico día, Adián no estaría ya conciente de sí mismo, como si fuera coetáneo del universo, no, no era cierto debía ser una patética mentira, su musa, su ninfa, su nereida, no había escapado, era demasiado prosaico para que fuera verdad, el era prosaico, ella no. Se sentó a descansar, en la saliente del techo de su casa, y el tiempo no lo tocó por respeto y por lástima, hizo una tregua, para que disfrutara su dolor y este no se le olvidase o se le fuera también. Y todo ello tan punzante, era igual de hermoso que los besos de su Leida, las gotas de la lluvia, sus lágrimas palpitantes, el viento su soplido, el tufo de su somnolencia, la noche, sus brazos, y al amanecer, sus ojos parecían fusionarse en el sol.
Los días pasaban y pasaban y Adián en el techo con la tarde, imaginaba que estaba con Leida; se preguntaba hasta donde llegaba su amor, cuál sería la medida exacta, que tiempo abarcaba una magnitud más grande que la vida, por que él estaba seguro que el amor es más largo y más ancho que la vida de uno, de modo que para abarcar el grueso, el amor deben vivirlo dos, y la longitud, se ajusta por lo menos a varias decenas de vidas, ¿donde inicia el amor?, ¿es un lugar?, ¿existe?, que difuso todo aquello de su mente, tenía que saberlo y para eso no podía morir, no podía dejar que le pasara lo que a todos nos acontece posterior a la esperanza; resignación.
Una noche de tantas en que se encontraba despierto, pensó para sí en su pueblo, aquel recinto que le había deparado la vida para morir, pensó entonces en morir, aunque luego se acordó que en cierta forma, ya estaba muerto, e imagino que sí tal vez ese deseo de pasar del estado vivo al exánime solo encuentra saciedad en la muerte, podría encontrar el sosiego a su muerte, encontrando la gracia de la ánima, y vivir como su padre y anteriormente su abuelo Aid lo quisieron, salió sobresaltado de su cama por el eterno pasillo de piedras calizas y halló un Teotlán completamente disímil al hasta entonces recordado, cayó en la cuenta que su enamoramiento duró mucho más de lo que él hubiera supuesto, y aunque tenía un poco de la razón que siempre le faltó, y Teotlán había cambiado, también pasaba que el que veía era otro Teotlán anacrónico a él, perdido por la línea de la secuencia lógica de los hechos, y que solitariamente aparecía por las madrugadas en que nadie podía descubrirlo. Se puso a meditar el por que de aquel espejismo grosero que hacía ver un pueblo ruinoso, convertirse en una comarca de esplendor suficiente, para deslumbrar a un conquistador romano de la época de oro, con sus maravillosas riquezas que no se pueden contabilizar a simple vista, y fue cuando comenzó la lluvia de hojas del cielo, empezó una por una, y después de uno o dos minutos ya caían a centenares, lo cubrían todo, como la nieve cubre los techos de las mansiones del norte, caían y caían, sin cesar, cubrieron los zapatos de Adián, que sin perturbarse por la escena de fantasía que aparecía ante sus ojos, agarró una de las hojas y la miró detalladamente, era una hoja antigua, decorada a conciencia con tintas especiales, sus adornos evocaban sirenas, ninfas y seres mitológicos, pero ya en el centro, a manera de poema, escrito en prosa, declaraba las bellezas de un pueblo llamado San José del Agua Linda, y luego lo describía como un lugar lleno de valles y montes que lo encerraban, y según se decía en el escrito ninguna penalidad podía salir ni entrar de él, que la pobreza no existía, por que tampoco la riqueza, denunciaba que el mal no se había inventado ni conocido todavía ahí, aunque el bien era confundido con la inocencia. Que los hijos nacían mas bien por costumbre que por amor, los árboles se erguían en lo más alto y eran el único cielo comprendido, pues no tenían necesidad de inventarse uno inalcanzable para las almas de los difuntos, todos ellos se iban al infierno por inocentes, su dios, era ese dios sin nombre que no se acuerda de nadie, despreocupado por contestar las oraciones de sus bestias que mugen todo el rato por su dolor y no hacen nada para remediarlo ellos mismos, que esa forma tan distintiva de los hombres que se conoce vulgarmente como cariño, querencia o amor, sólo era destinada a los más brillantes seres, capaces de usarlo con sabiduría pues, cuando en un tiempo fue concedido a todos ese privilegio, muchos fueron los que perecieron a tan grande conocimiento, y este pueblo comprendido entre La Veracruz y San Luís, al norte de Hidalgo está totalmente exento de la crítica inefable de los hombres completamente vivos, de esos hombres que dieron todo por lo que más amaban, excepto, lo que más amaban.
Adián levantó la vista de la hoja, sin haber comprendido totalmente lo escrito, miró de reojo los demás papeles y las calles, y pensó:
-Ese pueblo no se llama San José del Agua Linda, se llama Teotlán.
Entreverado recorrió las calles todavía influenciadas por la oscuridad, solo la luna menguante daba un ligero resquicio de luz al pueblo, el cielo tranquilo plagado de una alfombra finísima de algodón, los árboles lejos y cerca parecidos a llamaradas negras. Espectral armonía de belleza lóbrega. Cada cosa, ruido, brizna, le conjeturaba un sentimiento raro, nuevo que no conocía, tal vez miedo o solo nostalgia, quizá amargura.
Se acordó de su abuelo, nunca lo conoció, pero su padre le había hablado tanto de él que era como si pudieran platicar, se inventó un recuerdo de un hombre encanecido y arrugado de la cara, cansado de descansar tanto en su lecho de muerte, llevando el secreto de su sonrisa sana a los difuntos antiguos.
-Tienes algo en el cuerpo – le decía – se te agota, es vida, a mí me agarro del brazo estando dormido para despertarme en el regazo de mi Ariadna. No tiene continuación conocida, se acaba y ya, ¿Quieres conservarla? ¿Sí? Pues hay que pelear hasta perderla.
Todo eso escuchó cuando lo sorprendió una luz del alba, mirando a su alrededor, vio los girasoles mecidos por el viento bañados de rocío. Decidió irse de Teotlán.
El camino de regreso fue largo, a cada paso que daba, el día lo devolvía dos, sus meditaciones lo unían a la tierra. Llego a su casa, observó a sus padres parados frente a su puerta, de alguna manera ellos sabían lo que pensaba hacer, lo intentarían detener, a su padre lo confrontaría, mas a su madre Viviana ¿Cómo? La quería tanto, hubiera muerto por evitarle una lágrima, no podría verla, es mejor morir rápido, pensó. Entró por un pasillo tropezando con las piedras, jaló una bolsa a manera de mochila y la eterna pluma de su abuelo, besó en la frente a su madre sin tocarla y sobre todo sin verla a los ojos, Aián intentó detenerlo del brazo pero su hijo se zafó para siempre de la vida que le otorgó en un pasado no tan lejano a modo debió haber sido, Adián marcho entonces entre la lluvia que comenzaba a caer como en todos los amaneceres. Se creyó por un momento que sus padres suspiraban un adiós, pero nadie estaba cerca para que existiera aquel susurro. Bajo la lluvia Adián únicamente pensaba encontrar su amor extraviado y la locura perdida de un abuelo condenado al olvido.
No supo donde comenzar, y se sentaba después de vagar por las calles de los pueblos vecinos a Teotlán, nunca recordó los nombres de aquellas comarcas y solo se guiaba para reconocerlas de la forma de las avenidas, que unas eran circulares en el pueblo del norte, triangulares en el sur cuadradas al oeste, y enmarañadas en el este, se descansaba para comer en las fondas de San Lorenzo Camotal todos los días posibles, le parecía que hubiera nacido ahí y había regresado de un viaje muy largo, entonces comenzó a recordar un amor viejo que tuvo antes de nacer en una vida pasada, se acordó de ella, tan parecida a Leida, de la misma blancura de su rostro, de los ojos de lluvia remojando la tierra, de la voz de canario, conocía cada cosa que veía de pronto y le brotaron recuerdos, de cuando murió y renació, y se dio cuenta en ese instante que la imagen grabada en su cabeza de esa mujer que se llamaba Leida, permanecería desecha como fotografía empapada, por que él nunca la amó, se resistió por un momento a aquella revelación, pero se dejó vencer al evocar el pasado cuando le preguntó a Leida si creía en el destino y ella le contesto que no, que el destino se lo inventa uno mientras toma sus decisiones, Adián respiró profundo para no replicar, quería creerle, y luego dijo:
- Tal vez el destino no es lo que viene, sino lo que ya pasó.
No se oyó nada más, por lo menos en su mente, pues la memoria se le había borrado contra su voluntad, eso fue lo que más le molesto, tomó su morral a manera de mochila y salió corriendo por un impulso parecido a los de antaño con la estatua, no sabía que esperar, mucho menos si realmente estaría algo ahí fuera de lo común. Vio lo que no quería, lo que no podía reconocer, fue cuando se preguntó como demonios se encontraba ahí, si Teotlán estaba rodeado de montes y sierra no podían existir pueblos circundantes y el tiempo que vivía parecía diferente al de su origen. No pudo pensar mucho en ello, el objeto perdido que buscaba lo llamó como siempre, entonces comprendió que mientras el mundo entero seguía un tiempo lineal, él iba saltando de suceso en suceso las vidas de otros, de sus ancestros, de su descendencia, no era Adián, era Aid, Aián cualquiera menos él mismo y comprendió entonces que tendría que seguir buscando, mas que para descubrir y revelar para perderse también con lo extraviado huir y no volver nunca más.
Una lágrima rodó por su mejilla, la primera y esperaba la última, nunca nadie lo vio llorar antes, en ese momento no fue la excepción, lloraba por su derrota, por ser un fracaso, frente a su pueblo de nuevo danzando de tiempo en tiempo, el pueblo de su padre y de su abuelo el escondido entre cerros y montañas. A veces pensaba en si como el fugitivo, que bajo la densa niebla notó de nuevo, que la verdad le caía en pedazos del cielo, lo perseguido era inencontrable, por lo menos para él, no sería revelada la realidad por completo en toda su vida, dejó la intención de seguir amando a un fantasma, pretender olvidarla, lo que significaba morir. Se quedó inmóvil, mirando el horizonte, ya era un hombre con su pelo tejido, su corazón clavado a su pecho, semejaba que lo sostenía solamente un hilo, tenía el rostro agrietado y los brazos caídos, sus ojos parecían entonar, una individual indiferencia marcada y obligada. Era una escultura cincelada por viento y marea.
Una morena de ojos verdes iba cruzando las calles, con un aire de sol oscuro y maligno, tomaba las frutas de los puestos mercantes en la avenida y parecía robarles la vida o la poca restante dentro de ellas por que se marchitaban entre sus manos comparadas con sus labios tiernos y brillantes, respiraba de las flores del parque y estas se abrían como para mirarla mejor y de un modo más erótico, alzó la mano, una mariposa se posó en ella y se sacudió las pequeñas escamitas imbricadas, decidió que su ultima morada quedara en los cabellos de Abril, que era el nombre de aquella muchacha de nariz respingada, de facciones Europeas y de orejas grandes, Abril por supuesto estaba de acuerdo, colocó a la mariposa sobre sí y le dejó exhalar el último aliento, la levo por todo el camino real hasta tirarla por accidente al ver ante ella los ojos más negros posados en la faz de la tierra: los de Adián. Abril no era mujer de presentimientos, era natural como la inocencia pura que tiene conciencia de lo perverso, creía que lo malo existía por la sola coexistencia del bien, nunca miraba a los ojos a la gente extraña ni se paraba a contemplar a los hombres como en ese momento lo hacia con Adián.
Adián permanecía quieto, silente sin articular pensamiento cierto, tan solo una pregunta ¿estaba vivo? Y se preguntó eternamente aquello hasta que abril lo abrazo un día de tantos en que lo vio llorar en la penumbra del atardecer lluvioso. Abril llegó a Teotlán de la manera en que un naufrago lo hace en una isla desierta, su maleta era una sonrisa llena de alegría, no se supo de donde había venido en absoluto, pues no hablaba con nadie de ese asunto, no porque le molestara, sino porque mas bien ni ella lo sabia, existía solo por una cosa, esa por la que todos venimos al mundo, esa obsesiva compulsión de buscar a alguien que nos devuelva la otra mitad de nosotros mismos, y que casi nadie logra encontrar.
Definitivamente -Adián lo pensó- la vida es una historia, repetida mil veces.