Por: Jacobo G. Morelli
Pero esta noche…
Te abrazaría, créeme,
te besaría,
te daría calor,
te adoraría. Haría
algo que es más difícil:
tratar de comprenderte.
José Hierro
(Fragmento del Remordimiento)
Es una mañana de aquellas como todas. Grises. El radio-despertador anuncia la llegada de un nuevo día de sorna, y la despedida de la quimera. Ella no recuerda exactamente los sucesos acaecidos durante la noche. Solamente sabe que fue una noche terrible. Espantosa. Aquellas noches que producen un ramalazo de cabeza demasiado fastidioso como para proponerse afrontar el día positivamente.
Las excesivas cobijas todas las tiene su marido, él se las ha desposeído, ese desgraciado roncador empedernido. Cuatro años han hecho que sus ronquidos que son nada leves le parezcan a ella suaves caricias que la rozan dócilmente, se han transformado en los “te quiero” que nunca recibió, ni lo hará. Esos mismos cuatro años han desatado un drástico desgaste en la inestable relación con su marido.
De cuando en cuando, abre sus ojos al tiempo que desase un suspiro, inútilmente intenta conciliar nuevamente el sueño. No lo logra. Incipientes muestras solares empiezan a aparecer por su ventana, ella lo ve. Ha decidido darse por vencida y sucumbir ante el anuncio de un nuevo día. No hay escapatoria. Se levanta gradualmente, respetando los rítmicos compases de gruñidos que a fortísimo volumen emite su marido. Se dirige hacia su peinadora y se cepilla el cabello, luego lo alborota nuevamente. No hay nada que aparentar, no se le antoja sentirse bella. No hay motivación alguna. Observa su demacrado rostro frente al espejo, odia sus arrugas pero hace tiempo ya, que no utiliza su crema rejuvenecedora. Ha perdido la fe.
Ella siente que él despertó. Decide no hablarle. Huye lentamente hacia su cocina, la cocina es efectivamente suya. Es una de las pocas cosas de las que se siente dueña. Parece que lloverá, advierte ella con desdén. No tiene pensado salir, todos los menesteres ya los resolverá su marido. Decide prepararse una taza de café sin azúcar, -para agitar de alguna manera el alma- conjetura. Como si el café cargado ayudara en algo. Arranca un pedazo de pan rancio que encuentra en la alacena. Antes no le agradaba para nada ese pan de agua que su marido compra todos los días, pero el tiempo la ha familiarizado, no hay más remedio que la tolerancia. Cenas a solas, desplantes inusitados, fricciones continuas, noches terribles, contemplaciones eternas, el tiempo es el culpable.
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