Los miedos constituyen una serie de anécdotas reales adaptadas a un guión novelesco para hacerlas más amenas. No es un compendio de psicología ni nada de eso. Solo tratan sobre algunos de los temores que me embargan y que intento superar.
El susto
Fue exactamente hace un año. Fuimos de compras a un centro comercial de Zaragoza. Mi hija se iba de excursión a la nieve con el colegio y necesitaba de la indumentaria necesaria para esquiar.
Al salir del negocio de ropa deportiva, vi unas linternas pequeñas que ofrecían en las promociones a pie de caja. Son las compras de los tontos las llamo yo, ya que son aquellas, la mayoría de las veces innecesarias. También son las del capricho y como tal, les compré una a cada hijo.
A la semana siguiente, estaba de regreso a casa de mi trabajo en Maials, donde pasaba toda la semana afuera.
Al entrar al piso observo en primer momento que no había nadie. Atravieso el pasillo hasta mi habitación y deposito en el suelo el bolso y el ordenador portátil. Al dirigirme nuevamente al comedor, una sensación de no estar solo me embarga el cuerpo, lo cual me hace poner alerta.
La luz del atardecer no requería la necesidad de encender las luces, pero proyectaba las sombras como fantasmas dentro del ambiente. Entonces decido recorrer la casa cautelosamente. Paso por el cuarto del mayor, luego por el del más chico y por último al de la nena.
Al entrar me sobresaltan mis dos hijos menores, que salen de improviso de detrás de un mueble.
El estar alerta no me produjo mayor sobresalto y atiné a hacerme el asustado a fin de no herir su sorpresa.
Luego del saludo de bienvenida, me dirigí a la cocina a fin de prepararme algún refrigerio para merendar.
Entré a la despensa a tomar un trozo de pan, la cual no estaba iluminada, pero sabiendo el lugar preciso donde estaba guardado.
Al introducir el cuerpo en la penumbra, un ser fantasmagórico me encandiló con sus poderosos ojos brillantes, y se me abalanzó con un bramido aterrador.
Mi reflejo fue la de dar un grito espeluznante y un salto hacia atrás que me hizo chocar contra la mesada de la cocina. Mi intención era escapar de aquella horripilante criatura pero quedé paralizado por un fuerte dolor en mi espalda, a la altura de los riñones.
Cuando reaccioné, vislumbre la silueta de mi hijo mayor que salía de la despensa con las manos a la cabeza, llevando dos de las linternas que les había regalado, en forma de ojos anormales y descostillándose de risa.
Por supuesto que simulé una pronta compostura riéndome con él y fingiendo un castigo corporal de golpes y estrangulamiento acompañado de palabrotas.
Pero el susto en el cuerpo aún lo recuerdo y creo que no lo olvidaré jamás.
El terror
A la edad de siete años había ido de vacaciones a un lugar de la sabana venezolana, junto a mis padres y mi hermana mayor (me lleva año y medio de edad). Luego de visitar una presa y una mina de hierro, nos invitaron a pasar la noche en una cabaña minera.
Era una casa grande, de una planta y techo a dos aguas, al estilo americano. Era vieja y la pintura gris de sus paredes estaba desgastada.
Iba apoyada sobre pilotes para horizontalizar el piso, el cual quedaba a un metro del suelo de tierra. Para acceder a ella había una escalera amplia con peldaños de madera.
Tenía una galería alrededor de la misma con una marquesina exterior, cuya mitad inferior era de madera machihembraba y la superior de vidrio, para dejar pasar la luz natural.
Los cerramientos del interior eran de placas madera, salvo unas pocas paredes correspondientes a parte de la cocina y los baños que eran de mampostería.
La cantidad de habitaciones y dependencias que tenía esa casa eran incontables. Además muchas de ellas carecían de ventanas y de luz artificial. Al parecer su escaso uso, hacía que nadie se tomase la molestia de reemplazar las bombillas quemadas.
Las casas de alrededor eran de características similares pero mucho más chicas y, por lo que se podía apreciar, estaban vacías.
La casa donde pasaríamos la noche también estaba vacía y carente absolutamente de muebles. Dormiríamos en catres y dada la temperatura sofocante que reinaba en aquella zona, no hacía falta el uso de mantas.
Llegamos avanzada la tarde, aunque aun quedaba un par de horas de luz.
Una vez que recorrimos algunos ambientes a efectos de inspeccionar la vivienda, nuestro padre nos propuso un juego como modo de pasatiempo, hasta que fuese la hora de dormir, lo cual haríamos temprano una vez hubiese oscurecido. Mientras que mi madre iría de compras al pueblo cercano.
Dado que allí no teníamos forma de entretenernos y que lo importante en ese paraje eran los paseos al aire libre, lo más adecuado para dicha situación era dormir temprano para levantarnos al alba y continuar con nuestro recorrido turístico.
El juego que nos propuso fue, teniendo en cuenta las características de la casa, que nos perdiésemos entre sus habitaciones y mientras él nos buscaría para atraparnos.
Asentimos inmediatamente a la propuesta, la cual nos pareció en principio excitante (luego me arrepentiría de ello).
Nos fuimos con mi hermana a escabullirnos entre los ambientes de la casa, a la búsqueda de un escondite donde nuestro padre no nos pudiera encontrar.
Él por su parte, de acuerdo a las reglas de su juego inventado, nos daría tiempo suficiente para que nos vayamos y luego empezaría la cacería.
Una ves que recorridas varias habitaciones nos percatamos de la inutilidad de escondernos ya que todas las dependencias estaban completamente vacías, eran de forma rectangular, con una, dos o a lo sumo tres puertas, sin ningún recoveco para poder ocultarnos.
Fue entonces cuando sentí inconscientemente el acecho del MAL. No éramos perseguidos sino vigilados, a punto de caer en las garras de un ser maligno.
Nuestro andar por la casa se hizo de repente sigiloso, atentos a cualquier ruido proveniente de las habitaciones contiguas. Cada vez que entrábamos en un cuarto, lo hacíamos temerosos de toparnos con Él.
El grado de compenetración era tal que ni siquiera nos atrevíamos a hablar.
Dado que mi hermana era más resuelta, iba a la cabeza. Yo en cambio ya estaba calado de miedo hasta los huesos. Presentía, más aún, estaba seguro que quien nos perseguía no era ya mi padre, era el otro…era Él.
De repente sentimos un ruido proveniente de un cuarto que habíamos dejado atrás. Mi hermana reaccionó corriendo apresuradamente de habitación en habitación. Yo salí tras ella pero me llevaba ventaja, solo seguía el ruido de sus pasos. Fue entonces cuando atravesé un cuarto con tres puertas y me extravié. Elegí la puerta errónea y al poco de avanzar perdí el sonido de su carrera.
Entonces se me presentó la disyuntiva de regresar y tomar por la otra puerta, con el riesgo de quien nos perseguía, me atrapase o bien, seguir adelante…SOLO. Opté por la segunda.
Comencé a atravesar cuarto por cuarto, me parecían todos iguales. Esa casa se había convertido para mí en el Laberinto de Minos. Mi única salvación sería encontrarme con mi hermana, a quien figurativamente consideraba mi Perseo.
Estaba seguro que de atraparme moriría sin remedio, pero mi mayor temor no era morir ya que no tenía conciencia de ello, mi temor era el dolor, el sufrimiento que podría provocarme Él hasta la muerte, la cual seguramente sería interminable.
Seguí avanzando con mucha cautela, estirando lo más posible mi esperanza de vida, sintiendo el acecho de la muerte a cada instante.
El tiempo se había detenido y el silencio dejaba que escuchase mi propio corazón. El latir de mi vida que pronto se extinguiría.
Sentí a mi espalda pasos, los cuales me sobresaltaron y eché a correr nuevamente, atravesando los cuartos. Noté los pasos cada vez más cerca, entonces aceleré la carrera hasta que entré a un habitación con otras dos salidas. Sentía que mi corazón iba a estallar y mi respiración se entrecortaba.
Elegí una puerta al azar, pero penetré en un cuarto sin otra vía de escape. Volví sobre mis pasos y vi una sombra que se acercaba desde la habitación que había dejado al principio. Abro desesperadamente a la siguiente puerta, casi sin aliento, con la sensación de que el MAL me estaba por arañar la espalda con sus fétidas garras.
Entonces lo veo a Él, delante de mí. Con sus brazos abiertos y lanzando una carcajada siniestra. Me detuve en seco, había caído en sus fauces. Retrocedí presurosamente y sentí sus zarpas sobre mis hombros. El grito que lancé fue desgarrador, a tal punto que mi padre también se asustó y me soltó, justo cuando entraba mi hermana que venía detrás mío.
Luego de ello dimos por terminado el juego, buscamos otra forma de entretenernos y no volvimos a hablar del asunto.
Esa noche no dormí y tuve pesadillas los días subsiguientes. Con el correr de los meses, cada vez con menos frecuencia. Pero siempre que me sobresalto por algo, recuerdo el acecho del MAL y me sobrecojo de terror.
Las fobias
Mientras trabajaba en el Ente del Conurbano, hacíamos inspecciones a obras repartidas en todo el Gran Buenos Aires. El Gran Buenos Aires o Conurbano Bonaerense, es un conglomerado de municipios (aquí ayuntamientos) que rodean a la Capital Federal y que cuentan con una población de más de diez millones de habitantes. Nuestra sede estaba en la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires y a cincuenta kilómetros al sur de la Capital. Para ir a la zona norte del Conurbano, debíamos atravesar la Capital, cuya frontera o límite sur era el Riachuelo. Para ello había varios puentes, pero desde la construcción de la autopista La Plata-Buenos Aires, el paso elegido por nosotros era este.
Se trataba de la prolongación de la autopista, la cual comenzaba a elevarse sobre pilotes hasta alcanzar una altura máxima sobre el río, donde apoyaba el pilares de mayor envergadura, para comenzar a descender hasta perderse en los altos de los edificios de la Capital. Pero siempre sobre pilotes de hormigón. El contacto son la tierra se hacía a través de los desvíos según la dirección elegida.
El paso sobre el Riachuelo tenía la particularidad de ser bastante más elevado que los anteriores, además tenía en un tramo una pendiente y peraltes pronunciados, además de una curva en forma de S un poco pronunciada, que daba origen a los peraltes.
Volvíamos hacia la Plata con un compañero de trabajo, quien iba al volante de una Saverio (una camioneta de dos puertas sin caja atrás). A este muchacho le gustaba pisar el acelerador, lo cual como acompañante no me gustaba mucho: No hay nada peor para un conductor que ir de acompañante y no poder dominar la situación.
Cuando comenzó a subir la pendiente de la autopista sobre el Riachuelo empezó mi pesadilla. Iba mirando hacia adelante y arriba; al frente y a lo lejos comenzaba la primer curva. Entonces noté que no veía la tierra, que perdía el sustento y me embargó una angustia indescriptible.
Sentía un horror de que no controlábamos el vehículo y nos caíamos al vacío en cámara lenta, pero seguíamos sobre el carril.
Traté de no pensar pero se me hacía imposible. Pensé entonces en que debía arrojarme del coche, pero a más de 100 Km/h sería mi muerte. Entonces puse el seguro, para desechar esa idea.
A los pocos instantes y ante el dolor que me producía la espera de comenzar a caer, pensé en acelerar el proceso y volantearle el coche a mi compañero, haciendo precipitar el auto al vacío de una vez y terminar con ese suplicio.
Viendo que lo haría, me sujeté con fuerza al picaporte y nuevamente tuve la necesidad de saltar.
En ese estado de nerviosismo me sobrevinieron náuseas, pero pude controlarlas, hasta que el vehículo comenzó a recorrer un tramo recto, ya sobre tierra firme y en dirección a las cabinas de peajes.
Luego, dicha sensación se fue tan rápido como había venido, dejándome una sensación amarga y dolorosa en el cuerpo.
Posteriormente cuando tenía que cruzar dicho paso me angustiaba, no la sensación de ese día maldito, sino el miedo a que se repita, lo cual era bastante traumático.
Luego ese miedo se me presentaba cuando ascendía por los ascensores a plantas de más de diez pisos o cuando tuve que volar a España.
Una vez tuve que subir a la planta catorce de un edificio y cuando llegue a la diez, no aguanté más y me bajé. Tuve que continuar a pie, por supuesto.
El temor a cruzar el Riachuelo lo superé cuando tuve que cruzarlo como conductor. El de volar lo maticé gracias a un abuelo de más de ochenta años que estaba a mi lado y que viajaba cada año a Francia a visitar a su hijo. Con su charla amena y agradable pude controlar los picos de angustia que con cada turbulencia me exaltaban.
Estos miedos los analicé como fruto de una gran tensión emocional o estrés. No sé si sería lo correcto pero me servía para encontrarles un origen u poder así moderarlos.
Hace tiempo que no los tengo…pero sé que están allí.
Miedo al rechazo
Estudiaba en la ciudad de La Plata mi primer año de universidad. En ese entonces era Ingeniería Eléctrica (luego me inclinaría por Agrimensura).
Mis relaciones amorosas habían sido por hasta esa fecha mas bien escasas. Siempre he sido tímido para encarar a una mujer y si ella no se insinuaba claramente, yo por mi parte dejaba pasar la oportunidad.
Creía por ese entonces que ya era hora de cambiar de actitud hacia el sexo opuesto si quería ligar con alguien. Pero no lo pensaba tan solo en el sentido de satisfacción sexual, sino de tener una compañera con quien compartir actividades comunes en nuestro tiempo libre.
Vivía en un departamento con otro dos amigos (uno que conocí en la mili, oriundo de Dolores y otro con el cual había practicado atletismo en mi adolescencia). Ambos tenían novias y los fines de semana los pasaban con ellas. Yo, entre tanto me dedicaba a pasear por la ciudad o bien a salir con otros compañeros de la Facu.
En uno de mis viajes a mi ciudad de origen (Mar del Plata), visité a otro amigo de la mili (el año anterior la habíamos concluido y aun eran fuertes los lazos que nos unían). Su novia también estudiaba en La Plata y ese fin de semana estaba con una compañera de la Facultad que había venido de dicha ciudad de paseo.
Era una chica agradable, de conversación pausada, pero segura. Tenía una sonrisa fácil y era atenta a las conversaciones de los demás. Por más que estuvieras hablando chorradas, ella te prestaba atención o al menos disimulaba estar haciéndolo.
Durante la velada, no tuvo ninguna objeción en dejarme su dirección y ello me motivó a intentar contactarme nuevamente con ella.
Al regresar a La Plata y luego de retomar mi rutina de estudio, me armé de valor y decidí ir a visitarla.
Vivía en un barrio a las afueras de la ciudad. Su casa estaba sobre una avenida y si bien era una construcción discreta, era muy confortable.
El primer encuentro me recibió su madre. Era una mujer de mediana edad, muy agradable al conversar. De modales sencillos pero afectuosos, típicos de una familia de clase media argentina. Inmediatamente me hizo pasar al living y me hizo sentar en un sofá mientras iba a llamar a su hija.
A los pocos instantes apareció ella, con su larga cabellera lacia de color castaño claro, atada atrás con una bincha elástica. Medía un metro sesenta aproximadamente y era de complexión delgada. Tenía los ojos de color azul claro y un rostro tenue. Sus labios no eran voluptuosos pero si apetecibles. Era de sonrisa fácil, lo cual la hacia más atractiva. Sus senos apenas se pronunciaban debajo de su jersey rojo, pero a mí no me importó, ya que mi atracción hacia ella no pasaba principalmente por lo físico.
Me atendió amablemente y conversamos amigablemente por un par de horas de temas triviales y de los estudios de ambos. Me despedí y quedé en pasar otro día, cosa en la que no puso ningún reparo.
En los meses subsiguientes la visité al menos una vez a la semana. Más aun, la invité a mi casa y fue sin inconveniente alguno.
Nuestra conversación siempre versaba sobre los mismos temas, con preferencia a los que ella elegía, ya que trataba de que estuviese a gusto con la charla. Por suerte, los gustos de ambos coincidían en gran medida.
Yo sentía desde un primer momento que esa mujer me atraía apasionadamente. Me cautivaba su forma de hablar, de sonreír, de mirar. Pero nunca me animaba a girar la conversación hacia nuestros sentimientos. Una vez que lo hice imperceptiblemente, me contó una historia de una decepción amorosa y que provocaba que no tuviese intención de enamorarse nuevamente, de momento.
Siempre que insinuaba el tema, lo eludía inteligentemente o al menos eso me parecía. Me sentía en parte rechazado sin siquiera haber dicho nada.
Antes de ir a su casa me imaginaba diálogos donde pudiese declararle mi amor. Cuando me iba, lo hacía turbado, ya que no solo no le había expresado mis emociones sino que además, estaba confuso por las cosas me que ella me había dicho y que trataba infructuosamente de interpretar, como si fueran palabras de un oráculo que predijesen si ella sentía algo por mí o no.
Al verano siguiente coincidimos con nuestros amigos en Mar del Plata y fuimos a un parque de atracciones. Íbamos la pareja de amigos, su hermana, ella y yo. En dicho parque y angustiado por mi amor inconfesable, me le insinué tímidamente. Tratando de abrazarla, darle la mano, con la mirada. Pero luego de tanto insistir, se mostró esquiva, como que le molestaba y al darme cuenta, me recluí en mis adentros y dejé pasar la noche frustrado, hasta que acabase la velada.
Nunca me declaré, pero su actitud en el parque fue más que suficiente para auto convencerme de que ella no me quería. Si estaba en lo cierto o no, nunca lo sabré, pero el miedo al rechazo fue más fuerte que mis emociones y ello ha marcado gran parte de mi vida.
Después de esa cita nunca más volví a verla. Y luego de un largo tiempo, dejé de pensar en ella…hasta ahora.
Es extraño que al día de hoy, mientras escribo esta anécdota, recuerdo lo que sentía por ella, pero no recuerdo su nombre…?
El mal
Muchos son los miedos que embargan al hombre, pero de todos ellos es el hombre el peor temor para sí mismo, ya que sus dudas e incertidumbres, codicias y ambiciones, envidias y la falta de empatía, hacen de él, el peor enemigo de su propia especie… Y al mismo tiempo, su único salvador.
—o—
Espero que sueñes con los angelitos…
Rafael Hernández