LA SÚCUBO.
Debo confesarlo, es necesario que lo confiese: En mi casa ha entrado una súcubo que me hace la vida imposible. Aunque mi casa no huele a azufre sé que es el demonio en espíritu de mujer. El psiquiatra me ha dicho que padezco neurosis, pero yo sé que no es cierto. Tengo nervios de acero. Soy de una impavidez que asusta, incluso me asusto yo mismo de lo impávido que soy. Sólo pierdo la serenidad con Lina Gálvez, una jovencita de 23 años de curvas de instrumento musical con clavijas que ustedes imaginan; a la jovencita me refiero, no a las clavijas.
Frecuenta mucho el Restaurante Mouriño y somos muy amigos. He hablado de ella y de su desarrollada anatomía más de una vez. Hagan memoria, verán como sí se acuerdan. En fin, como observo que no la recuerdan les diré que es algo así como esa preciosidad que sale por la tele bailando con unas maracas, moviendo las caderas y tal y arrastrada por un perro que muerde un trapo sin decir ni mu; ella, no el perro. Creo que se llama Meg Ryan; pues una cosita así es Lina Gálvez, pero más rellenita y sin maracas ni perro.
Hace unos días que Juanjo Ripollés nos ha comunicado que se casa y, claro, la pobre Lina se quedó desconsoladísima, vamos, desconsolada del todo y a punto de prorrumpir en amargo llanto. Incluso hacía pucheritos mirándome con una carita tan lastimosa que me dio una pena gordísima porque sé que está muy enamorada del muchacho. Hace tiempo que Lina me ha tomado por confidente, único y exclusivo confidente, de sus dilatadas penitas de amor porque soy hombre comprensivo y razonable.

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