Como cada tarde, tras salir del trabajo, entré en el bar cercano a la oficina y pedí una cerveza en la barra. Había sido un día muy largo. Con dos compañeros de baja y más trabajo que nunca, había salido casi una hora más tarde de lo normal, a las ocho y media. Saqué el periódico de la cartera y le eché un vistazo mientras bebía lentamente mi consumición. Acabada la cerveza, me dispuse a pagar, para lo que registré mis bolsillos en busca de monedas. Las pocas que encontré no sumaban suficiente dinero, con lo que tuve que darle al camarero un billete de 20 euros.
Recogí el cambio, un billete de diez euros y algunas monedas; cuando estaba guardando el billete en la cartera, observé que tenía algo escrito en uno de sus laterales, al dorso de la banda iridiscente de seguridad. Se trataba de una caligrafía inconfundiblemente femenina, elegante y pequeña. Caía un poco hacia la izquierda y el trazo azul parecía ser de tinta de pluma. La leyenda no podía ser más descorazonadora: “me siento sola”.
Escamado, salí del bar y tomé el metro. Durante el trayecto hasta mi casa, de unos 25 minutos, observe detenidamente el billete con la enigmática frase. Las primeras letras estaban algo borrosas, seguramente a causa del efecto de los dedos al manipular el papel, que estaba casi en perfecto estado. La letra me gustó mucho. Admiro a la gente que tiene una bonita caligrafía, sobre todo porque la mía es horrorosa. Tengo entendido que existe una práctica, ignoro si científica o no, que retrata el carácter de las personas a través de los trazos de su caligrafía. “Lástima no tener ni idea de eso”, pensé en aquel momento.
Ya en casa, dejé la cartera sobre la cama y me tumbé en el sofá. Traté de imaginar a la persona que había escrito aquello. La supuse joven, bien formada e incluso con un buen trabajo. Tal vez estaría atravesando una mala etapa. Todos estamos expuestos a ello, yo mismo había tenido unas semanas atrás un periodo negro, relacionado con la separación de mi mujer. Llegué a la conclusión de que había escrito esa frase sentada en alguna cafetería, mientras repasaba una existencia llena de frustraciones y desengaños. De algún modo, me sentía como si hubiera encontrado una botella con un mensaje dentro, como las que lanzaban los náufragos en tiempos. En este caso, ella era una náufraga en mitad de una ciudad de 3 millones de personas. La suya era una soledad de hormiguero.
Recordé entonces que cuando yo era pequeño tenía la costumbre de firmar los pocos billetes que caían en mis manos. Siempre esperé que alguno de ellos regresara a mí después de haber cruzado el país de punta a punta, de haber servido para pagar infinidad de cosas. Revisaba por ello todos los billetes que veía entrar en mi casa.
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