Aquel día amaneció muy frío. El viento de la cordillera soplaba tan fuerte que mi poncho de lana de algodón y llama no me abrigaba. Mis manos estaban heladas, pero tenía que llevar el mensaje, y como todo buen chasqui, no podía rendirme. Todavía me faltaba un buen trecho para llegar al tambo, donde podría recuperarme. Estaba entrenado y alimentado desde muy pequeño como corredor para soportar la fatiga y la sed. Pero hoy el tiempo jugaba en mi contra.
Recordé a mi padre. El había sido un soldado muy valiente. Integraba el ejército de nuestro Rey Huayna Cápac, con orgullo, a pesar de que había sido reclutado de forma obligatoria, mediante la mita. El Estado le había dado, como a todos, sus hachas de bronce, los rompecabezas de madera o piedra, hondas, lanzas, flechas y propulsores para usar según fuera su necesidad. A mí me gustaba ayudarlo a limpiarlas sacándoles brillo.
Cuando tuvo que dirigirse al sur en una campaña militar, mi madre lloró mucho. Pero sabía que estaríamos protegidos pues el Estado se comprometía a mantener a las familias del ayllú mientras los soldados estaban en campaña. Recordé que en esa ocasión el ejército no tuvo que recurrir a las armas, pues luego de mostrar los beneficios de la administración inca, el pueblo se rindió. Mi padre lo contaba con alivio, pues, en otras ocasiones había que recurrir a la fuerza, y mucha gente moría. Mi madre decía que yo era muy parecido a él, pues tenía mucha fuerza interior para soportar las dificultades. Tal vez por eso me hice chasqui.
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